Editorial

Obligaciones de lado y lado

La línea de separación entre los territorios dominicano y haitiano está adecuadamente certificada por un tratado desde 1936, como ha tenido a bien subrayar el canciller de la República, Roberto Álvarez, en respuesta a un desliz malicioso de aquel lado de la frontera, insinuante de posibles rectificaciones de trazado.

Vulnerable, eso sí, además de sinuosa, es la trayectoria que define lo que toca a cada Estado, situaciones de la que se aprovecha no solo el haitiano depauperado dispuesto siempre a desconocer límites soberanos, sino el traficante criminoso de personas y mercancías, armas y drogas, vegetales de ingresos prohibidos con potencial de daños para la economía y la salud de los dominicanos. Ninguna garantía fitosanitaria ni de identidad personal.

Si algo procede reclamar es que Haití haga valer la frontera: que la misma obligación que corresponde a este, su Estado vecino, de impedir violaciones limítrofes de ingresos, ha de regir para la República de contraparte.

Al otro lado del río Masacre, evidentemente no existen los ejercicios de autoridad contra la carencia de documentos para salir de ese país, ni se aplican contra la ilegalidad en forma de exportación o de contrabando puro y simple. No mueve un dedo Puerto Príncipe cuando los cruces son desde allá. Unidireccionalmente sí pues suele cerrarle el paso al abastecimiento de comestibles que de aquí provienen y el pueblo haitiano necesita.

El Estado no es para servirse

La autoasignación de beneficios o preferencia en la disponibilidad de recursos para fines que no corresponden mueve a cuestionar a quienes han legislado: pero la tendencia a nombrar en cargos públicos a familiares, cón- yuges, hermanos e hijos, de quienes están al mando hace temer que seguimos montados en el mismo caballo de los favoritismos que años antes hicieron acuñar el popular adjetivo de “comesolos”.

No es necesario que “halar para su banda” sea numéricamente alto para objetarlo. Es que la asignación de investiduras, cuando parte de ese vínculo poderoso de la consanguinidad implica primacía de apellidos, selectividad porque “ahora somos nosotros los que mandamos”. Desde luego, nos habituamos a una escala de valores que hace ver como “pendejos” en el poder a los que no se ocupan de sus propias causas.

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