Editorial

Oda a la “chichigua”

El aislamiento que provoca la pandemia y la temporada de vientos, trajo un nuevo auge de la saludable actividad de volar chichiguas o papalotes, como las llaman en otras latitudes.

No hay una actividad más personal ni más colectiva que el volar chichiguas.

Ahí está el humano luchando contra el sol abrasador y el viento siempre cambiante, aferrado al cordel que le permite controlar esa nave de papel y pendones que desafía la gravedad y, al mismo tiempo, lista para recibir “mensajes” desde tierra o para combatir con sus iguales por la soberanía de los cielos.

Esta actividad recibió su mayor espaldarazo cuando la primera vicepresidenta de la República la adoptó como símbolo de alegría desenfadada y limpia.

Pero a pesar de revivir, hay que reconocer que entre los juegos tecnológicos más afines a la época que vivimos y el crecimiento vertical de las ciudades ya hay poco espacio para el sano y sereno esparcimiento de volar chichiguas.

Es peligroso hacerlo desde los techos, pero aun más que se pretenda prohibirlas. Mientras haya viento, siempre existirán los espíritus libres que elevarán al cielo el mensaje de su alegría.

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