Opinión

Oxímoron

Por Luis Córdova.

En estos días he vuelto tras las palabras. Johnny Guerrero, un amigo que ha sabido fungir como padre en más de una ocasión, me inculcó una manía de esas a las que uno regresa de manera instintiva cuando el tiempo  cede espacio: buscar palabras en la enciclopedia, escudriñar su raíz y volverse uno cada vez más ignorante, reconocimiento que le falta tanto por aprender mientras más se descubre.

Entre esas palabras “oxímoron” saltó en negritas ante mis ojos. Para la Real Academia se trata de una combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como por ejemplo la imagen “un silencio ensordecedor”.

De ese tercer concepto que surge de la oposición de los dos que la forman he venido escuchando y leyendo uno que habilita, en proporciones iguales, esperanzas e incertidumbre, hablo de “la nueva normalidad”.

Un columnista al que regularmente leo, Antoni Gutiérrez-Rubí, explica que “el oxímoron es juego y arte literario. Es un recurso apasionante. Es poético porque a pesar de que se describe y se construye con dos palabras reales, te abre el conocimiento y el espíritu con una predisposición nueva desde la aparente contradicción”.  Por ejemplo se pone a Jorge Luis Borges que aplicaba el recurso del oxímoron a casi todos sus cuentos: “el espantoso redentor”, “el proveedor de iniquidades”, “el asesino desinteresado”, “el incivil maestro de ceremonias”, “atroz redentor”, “criminales venturosos”.

Pero más que recurso de la retórica, los días revelan metafóricas realidades. La sociedad digital que nos proyectamos para el futuro nos ha dado un adelanto. Aterrador para algunos.

El lúcido Ignacio Ramonet, explicando este contexto de Covid-19, señala que “todo está yendo muy rápido. Ninguna pandemia fue nunca tan fulminante y de tal magnitud. Surgido hace apenas cien días en una lejana ciudad desconocida, un virus ha recorrido ya todo el planeta, y ha obligado a encerrarse en sus hogares a miles de millones de personas. Algo sólo imaginable en las ficciones post-apocalípticas…”.

Elías Rodríguez, un compañero de trabajo en el Canal RVE, nos disparó una pregunta ingenua: ¿nos volveremos a ver? Lo que quiso averiguar, según reformuló inmediatamente, es que cuándo se produciría el retorno a la planta física del estudio de televisión y se dejaría de transmitir desde plataformas digitales como desde hace casi dos meses venimos haciendo.

Esa es la preocupación para varios académicos europeos. Cómo convencer a los estudiantes más jóvenes de volver al aula, de regresar a un cada vez menos necesario pizarrón.

De igual manera el teletrabajo mostró niveles de eficiencia en gran medida por los indicadores de avances en cronogramas de proyectos que antes, cuando los colaboradores de las instituciones debían desplazarse hasta sus cubículos, no se manifestaba en igual rendimiento.

Los amantes de las tertulias, en especial La Tertulia, como nos ha demostrado el Dr. Bruno Rosario en decenas de convocatorias por Zoom abriendo paso desde el interior de la isla a que dominicanos ubicados en todas las latitudes compartan criterios, discutan hasta preguntarse si luego de la pandemia nos vamos a “separar” de esta modo de conexión que vamos descubriendo en la medida en que la “zoomización” de nuestras vidas avanza.

Y ante la crisis económica que acecha como bestia en el bosque, nos preguntamos, si no será esta la alternativa para hacer vida social sin comprometer las escasas monedas con las que se probará suerte.

“La nueva normalidad” viene entre memes y fake news y configura la normalización entre risas tras bozales y sospecha como saludo. Un mundo en el que Huxley y Orwell se sientan en un boulevar de sueños rotos a contemplar “Un mundo feliz” y tranquilo por la vigilancia del ojo del “Gran Hermano”. Oxímoron, oxímoron…

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