Opinión

Pedro Mir, al Panteón de la Patria

Por: Rafael A. Escotto

Entre los ajetreos literarios propios de las personas que nos dedicamos a escribir y a hurgar en los archivos de la historia que guardan en sus registros los nombres de aquellas personalidades de la cultura que aportaron con sus talentos y entregas páginas hermosísimas que enriquecieron la herencia cultural de una nación nos hallamos, todavía vibrante, la obra del eminente intelectual petromacorisano, poeta, ensayista, historiador y abogado don Pedro Mir. 

En esa cadencia rítmica del laureado poeta dominicano descubrimos, en uno de los versos del insigne escritor, esa ilusión tan dulce y tan apasionante ha sido el frenesí que nos ha movido a escribir esta especie de grito, tratando de animar el alma dominicana para que las osamentas del más leal de los intelectuales, quizás el más noble entre los nobles, don Pedro Mir, sean llevadas a descansar en el Panteón de la Patria.

 Es el Panteón de la Patria el retablo respetable y eterno donde se honran para el recuerdo las figuras eminentes del patriotismo, del humanismo, del pensamiento y de las ideas más fecundas de la literatura dominicana y antillana.

 Ese mausoleo memorable no está destinado exclusivamente para cuidar y honrar las espadas que se destacaron en las luchas por la independencia de la patria mancillada, las plumas más brillantes que le pusieron acento a nuestra cultura también deben ser llevadas a reposar en el refugio glorioso y el más alto de la patria.

 Ha llegado la hora esperada, la hora trascendental de alzar los puños y una antorcha para que la servidumbre procaz y antipatriota no desborde, como los volcanes, los ríos vigorosos e invencibles por donde corre la casta ilustrada de la nación. 

El poeta don Pedro Mir fue aquel patriota de las letras y el de la tinta imborrable que le escribió versos a la patria. El poeta no reclama señorío, ya el pueblo mismo, el culto y el de la reverencia insuperable, abrazaron sus versos, sus puños de silencio besaron para que no se permita que el murciélago le oprima el derecho de ir a morar donde la inmortalidad le espera con los brazos abiertos al cielo como símbolo de conexión entre Dios y los hombres.  

 ¡Ni un paso atrás!, exigió el insigne poeta al pueblo dominicano.  ¡No permitas —digo yo— que el largo regimiento de los años de crimen pertinaz te toque el hombro ni con el pensamiento! 

Ha llegado el momento, el instante preciso, necesario y firme que reclama la dignidad nacional para recoger del cementerio aquellas osamentas que llenaron de gloria y de fulgor la tierra dominicana.

Escucha pueblo inmenso el ritmo de las estrofas de un verso níveo del poeta ensalzado que dice: «Si alguien quiere saber cuál es mi patria no la busque, no pregunte por ella. Siga el rastro goteante por el mapa y su efigie de patas imperfectas. No pregunte si viene del rocío o si tiene espirales en las piedras o si tiene sabor ultramarino o si el clima le huele en primavera».

 Divisé desde la altura de la patria la figura majestuosa de don Pedro Mir escribiendo desde la montaña gloriosa donde el indómito cacique Enriquillo dejo plantadas sus huellas de señorío y de hidalguía:

 «Hay un país en el mundo, colocado en el mismo trayecto del sol, oriundo de la noche, colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol. Sencillamente liviano, como un ala de murciélago apoyado en la brisa. Sencillamente claro, como el rastro del beso en las solteras antiguas».

 ¡Oh, pueblo mío!, no dejes que el hombre de estos versos, que son y vienen de su alma purificada y pertenecen por honra a la patria, permanezcan burdamente en una lápida cualquiera, es en el Panteón de la Patria donde deben descansar por gloria y por grandeza literaria.

 Emulemos para don Pedro Mir esta frase perfumada de un poema arrancado a la patria por Salomé Ureña: «hoy que ya parece renaces a otra vida, con santo regocijo descuelgo mi laúd, para decir al mundo, si te juzgó vencida, que, fénix, resucitas con nueva juventud. Hoy que ostentas ya por cetro del libre el estandarte y por dosel tu cielo de nácar y zafir, y vas con el progreso, que vuela a iluminarte, en pos del que te halaga brillante porvenir.» 

¡Ni un paso atrás!, para sembrar de gloria su recuerdo. ¡Ni un paso atrás!, para el merecido.  Dijo Borges que nadie era la patria, pero don Pedro Mir lo fue. 

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