Editorial

El penoso abandono de los bomberos

Pese a que están consagrados a las arriesgadas misiones de salvar vidas y propiedades en medio de emergencias y catástrofes, los bomberos han sido, por años, los servidores públicos más abandonados por el Estado.

De los casi 200 cuerpos bomberiles que existen en el país, como dependencias de los ayuntamientos municipales, menos de diez han podido pagar los salarios de los últimos dos meses, más los incentivos del fin de año.

Los cuerpos de Nigua y de La Victoria, por ejemplo, no han recibido las remuneraciones que les salen por vía de las alcaldías, ya que estas alegan razones presupuestarias. Solo les llega un remanente que a modo de subsidio, para redondear sus magros salarios, les suple el gobierno central.

Lo del salario retrasado es una experiencia que se repite intermitentemente durante el año, subrayando el nivel de desprecio y de desconsideración hacia los que ejercen un oficio lleno de riesgos y sacrificios.

Además de la pobre compensación salarial por este trabajo, mientras en el país abundan vagos y “botellas” que succionan el erario, los casi 4,000 bomberos que tiene el país constituyen una comunidad de desatendidos.

Salvo contadas excepciones, como las de los bomberos del Distrito Nacional, que aparte de estar equipados y bien dotados de recursos suplidos por el Alcalde David Collado y el patronato empresarial que sustenta sus operaciones, la mayoría de los cuerpos de bomberos funcionan en medio de dramáticas limitaciones y penurias.

No hay razones que justifiquen esta desatención. Tal vez una salida sería convertirlos en institución nacional, con apropiado presupuesto, y no dejarlos como dependencias de alcaldías con presupuestos insuficientes y poca valoración de su trabajo.

Aparte del problema que representan los sueldos de miseria que reciben por su trabajo, hay déficit de bomberos, la mayoría no ha sido entrenada en academias especializadas, porque no existen, están virtualmente al margen de los beneficios de la seguridad social y, para colmo, ya muchos envejecieron.

La sociedad no ha pagado bien a estos héroes anónimos que arriesgan sus vidas para salvar a gentes que podrían ahogarse en ríos y mares, que están atrapadas en el fuego, que son víctimas de explosiones de tanques de combustibles. Y encima de esto, ahora ni siquiera les pagan a tiempo a los de Nigua y La Victoria, un descuido imperdonable.

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