Editorial

Pesado vuelo de la democracia

Sigue siendo pesado el vuelo de la democracia dominicana. Han pasado más de cincuenta años cuando se interrumpió el ensayo democrático que se iniciara con el gobierno de Juan Bosch en 1963, derrocado por una asonada militar que contara con el apoyo y decisión de los grupos fácticos que determinaban la estabilidad política de la nación: la cúpula religiosa, la cú­­pu­la empresarial y la cúpula mili­tar con la anuencia y dirección del poder de los EE.UU, los cuales con­vergieron en el propósito de terminar con el experimento democrático.

En 1978 cuando las fuerzas democráticas, mediante las elecciones de ese año, pudieron desplazar al gobierno autoritario de los 12 años de Balaguer, las fuerzas autoritarias encabezadas por los generales ba­lagueristas, intentaron interrumpir el proceso democrático, pero se vieron obligados a respetar la “vo­luntad popular”, al no contar con el apoyo de los EE.UU, la Comunidad Internacional, la propia cúpula religiosa y de los mismos empresarios, quienes influyeron para propiciar el nuevo ensayo democrático que encabezara Don Antonio Guzmán.

De ahí en adelante se institucionalizó el criterio de la legitimación democrática. Desde entonces el poder político se conquista a través de la concurrencia de los partidos y sus candidatos a los procesos electorales. En esas circunstancias las cúpulas militar, religiosa y empresarial pasaron a gravitar en la política a través de las influencias tradicionales y predominantemente mediante el uso intensivo del dinero en los mercados electorales, lo que dio lugar a lo que se ha llamado la  democracia clientelar.

En ese contexto los militares pasaron al anonimato y a ejercer su influencia para participar del festín de la “apropiación privada de los recursos y bienes públicos”. Los empresarios prefirieron mantener y sacar ventajas del poder político ofreciendo su apoyo a una demo­cracia que le ha facilitado la captura de beneficios y privilegios a cambio de su capacidad de legitimación fáctica.

Por su parte los EE.UU ha materializado su capacidad de injerencia, haciendo prevalecer su influen­cia, exigiendo del poder político establecido la protección de sus intereses y limitando a sus competidores globales, tal como han sido en los últimos años Brasil-Venezuela, primero, enfrentándolos politizando la Justicia y deteniendo el avance del llamado “socialismo del siglo XXI”; y segundo, con China limitando su influencia creciente en el Caribe, mediante la aplicación de una agenda diplomática que explícitamente exige condicionar las relaciones comerciales y de coo­peración de nuestra nación con el gigante de Asia.

En ese contexto interno y externo, es difícil que grupos militares puedan concertar acciones que pongan en peligro el avance de la instituciona­lidad democrática, ya que no hay una suma de poderes fácticos que pueda alterar el orden institucional de la nación. Las fábulas que ruedan sobre eventuales asonadas militares, solo podrán servir para crear un clima de temores que haga detener la marcha de la Justicia contra la corrupción y la impunidad. Pero no hay condiciones fácticas como para una aventura militar contra nuestra democracia.

Hasta ahora el pesado vuelo de la democracia dominicana podrá seguir remontando sin mayores amenazas. Solo basta volar con el debido cuidado para derrotar la corrupción y la impunidad.

¡Por el momento, pues, no hay peligro en el vuelo de la democracia! 

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