Opinión

Poesía en la modernidad tardía

El acto poético, en tanto que fenómeno lingüístico, subjetivo, cultural y estético, no es ajeno en modo alguno a los avatares ni a los acontecimientos económicos, políticos y sociales de su propio tiempo, a pesar de que no se lo pueda reducir estrictamente a ellos, salvo incurrir en garrafal error o en una encerrona de carácter ideológico y utilitario.

En tal virtud, a los tiempos de modernidad tardía y globalización en que vivimos, que perfilan un sujeto en permanente y resbaladiza crisis identitaria -porque ya no fija la identidad, sino que mueve constante y volátilmente sus rasgos, recursos y fundamentos antropológicos, individuales y societales-, así como en una creciente precariedad, no solo económica, sino más bien existencial, con déficit de valores transmutados en frágiles o líquidas decisiones circunstanciales; un sujeto sumido, además, en una sociedad de rendimiento, como la define Byung-Chul Han (2014), en la que demandas de orden laboral, consumista y de sometimiento a la dictadura del giro digital y la alienación en los artefactos tecnológicos absorben la corporalidad y la espiritualidad del yo, para, zarandeado por las crisis migratorias y sus efectos de racismo, mixofobia y xenofobia, terrorismo y desigualdad, convertirlo en un individuo global, en una suerte de turista planetario sin arraigo y sin rumbo definido.

Así las cosas, ¿de qué es pertinente hablar hoy día en el ámbito de la poesía como un imbatible acto de comunión de razas, naciones y clases, según la aspiración de Octavio Paz (1979), más que de simple instrumento de comunicación a través del lenguaje? ¿De una poesía, tal vez, que aspira a ser singular, única en una cultura cada vez más diversificada y plural?

¿O tal vez, de una poesía que, reconociendo su fundamento de diversidad, en tanto que lengua y cultura, procura ser parte, porque no puede evadirlo, del proceso de globalización, sin que se la reduzca a la lógica del mercado y el dinero, como tampoco a la comercialización o industria del espíritu, signada por las tendencias actuales de la meditación enlatada, la vigorexia, la bulimia narcisista, el trastorno dismórfico de la personalidad, el fitness como doctrina y la comida light, mucho menos a la instantaneidad y simultaneidad ubicua de la enajenante cultura digital propia del universo online o el cibermundo?
Considero el poetizar como un acto de pensamiento.

El poeta pensador que vio siempre Heidegger (1983) en Hölderlin sigue teniendo valor hoy día.
De la misma forma en que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (2013) define al filósofo como la persona dotada de un acceso directo a la razón pura, a la razón despojada de las nubes del interés mezquino, veo en la figura del poeta a la persona facultada para acceder directamente a la emoción, a la intimidad del espíritu y a la problemática de los sentimientos del individuo solitario, en permanente crisis existencial de la contemporaneidad globalizada.

Harold Bloom (2015) alude la función que el poeta Wallace Stevens adjudicaba a la poesía, en el sentido de que esta nos ayuda a vivir nuestras vidas.

Pero reforzado por Freud, el crítico oriundo del Bronx newyorkino y catedrático de la Universidad de Yale se conforta más en la prueba de la realidad, que no es sino aprender a soportar la mortalidad. De manera que la poesía es útil para aliviarnos la carga cotidiana del camino de la trascendencia.

Aunque no sana la violencia de la sociedad moderna tardía, desde esta perspectiva es válido asumir que la poesía cumple, al menos, la tarea de sanar al yo, con lo que se rebate el aserto de W. Auden según el cual, la poesía no hace que ocurra nada.

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