Opinión

¿Qué es una marca país?

Por: Rafael A. Escotto

En una isla donde calienta el sol y la arena tiene el color brillante de la plata y de la verdad, como en los proverbios, donde se puede olisquear el olor a campiña y el perfume de la flor de bayahibe, es el mejor regalo que recibe un visitante al pisar playas dominicanas.

Nacer en una isla preciosa como Quisqueya, de arrecifes llenos de corales, un mar azul con pinceladas de un verde fascinante y de algas ubicadas debajo del territorio marino, conocida por el mundo por su belleza y el sonido precioso, como el búho que canta de noche en luna llena y donde el sinsonte con sus cuatrocientas voces encantadoras y las palmeras que con la brisa danzan. ¡Que paraíso tan maravilloso!

Una isla donde el mar, al besar las azules aguas del océano, ancho y a veces indiferente, pero una indiferencia simulada, lo hace amorosamente. Cuando el visitante deja caer sus miradas sobre la cordillera displicente queda encantado al ver las montañas sublimes rozando la nube, como si a través de ella quisiera alcanzar el cielo y hablar en secreto con las estrellas y susurrarle mis quereres y mis cuitas de amor.

Por la noche se ven estrellas resplandecientes iluminando el crepúsculo y la gente parece decir: «¡Oh isla taumaturga y seductora, permíteme navegar sobre tus mares cálidos!» Isla de galeones de antiquísimas maderas crujen golpeadas por las grandes olas que se empinan sobre el bajel que en pretendido vuelo besan tiernamente su quilla reverente.

Quisqueya, mi isla sensual y lujuriosa, vestida de perlas y de corales de preciosos colores, blanco, rojo y rosado, que al saludar lo haces con tus brazos abiertos de par en par, como el Cristo en la montaña Isabel de Torres.

Isla mía, como la Quisqueya de mis sueños inolvidables, de un sol que broncea la piel. Eres parecida a aquella isla de Neruda, donde el viento es un caballo que se oía correr sobre el mar, por el cielo; quienes visitan mi isla fascinante, en súplica pose, se oyen voces delirantes exclamar a los cuatro vientos: «Escóndeme en tus brazos, por esta noche sola, mientras la lluvia rompe, contra el mar y la tierra».

El canto de tus aves es un recital en noche de plenilunio. Quisqueya, ¡oh mi adorada Quisqueya! Me dicen que eres un país colocado en el mismo trayecto del sol, sencillamente liviano, como escribió don Pedro Mir, como un ala de murciélago, apoyado en la brisa. Sencillamente claro, como el rastro del beso en las solteronas antiguas o el día en los tejados.

Frente a estas palabras me pregunto: ¿Qué es una marca país? El viento sopla y se lleva la marca. ¿Cuál marca? ¿La que zozobró en el Volga? Ninguna otra isla lejana me aprisiona, solo los mil y un encantos de Quisqueya me seducen, donde ruedan montañas por los valles, donde hay bosque en cada flor y en cada flor la vida, donde el viento asalta el íntimo terrón.

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