Editorial

Recuperar la racionalidad y la humanidad

El comunicado de la Embajada de los EE. UU en el país expresa con cla­ridad que se trata de una alerta a los norteamericanos afrodescendientes que visitan a República Dominicana, indicándoles que corren el riesgo de sufrir acciones vejatorias por el supuesto racismo de las autoridades dominicanas.

Eso es lo que se ve o, como diría la clásica sociología funcionalista, lo que se manifiesta. Lo que no se manifiesta, pero que está latente y que no se ve, es la posición, al menos del representante americano de la Embajada, en contra de la República en relación con el problema migratorio con Haití.

Esa posición también se presta para ser interpretada como una insinuación para que la República Dominicana abra su frontera y le dé paso y refugio a la población haitiana, ya que del lado haitiano no hay condiciones para un trato apegado a los derechos humanos fundamentales.

Se trata, pues, de una intención irracional y de un falso humanismo, al pretender que sea la República Dominicana la solución a la grave crisis haitiana. Hay un legajo de documentos que comprueban ese descompuesto propósito expresado en el desafortunado comunicado de la Embajada.

Son esas intenciones latentes, no manifies­tas, las que han justificado la valiente y oportuna posición del Gobierno dominicano, así como también de la reacción de las cúpulas empresariales y de la Sociedad Civil, en recha­zo a lo planteado por el Gobierno de los EE. UU.

Por esas razones, la posición de los EE. UU en contra de la República en materia de la migración haitiana, debe unificar a todos los sectores de la vida nacional, los cuales deben manifestarse y movilizarse en defensa de la preservación de nuestra soberanía y por la protección de la territorialidad nacional.

A EE. UU le cabría mejor, en vez de esa posición sesgada y prejuiciada, plantear como cabeza de la ONU un plan más razonable y humano para la restauración de la República de Haití, que se inicie con su pacificación, al tiempo de contemplar su restablecimiento institucional y la ejecución de un plan de inversiones para crear condiciones que generen empleos y el cuidado del medio ambiente deteriorado por una explotación irracional y salvaje.

En una misión como esa, la República Dominicana podría colaborar, primero con la recepción controlada y contratada de un contingente de mano de obra haitiana legali­zada, así como con la oferta de servicios sociales de salud y educación con la internación temporal de pacientes y estudiantes, que retornen a su país para integrarse a los planes de desarrollo de Haití.

Ese es el esfuerzo que debe impulsar los EE. UU y en los que podría participar y colaborar la República Dominicana, en vez de propiciar acciones irracionales y sediciosas que destruirían tanto a Haití como a nuestro país.

¡Qué EE. UU y su Embajada recuperen la razón por sobre los intereses!

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