Opinión

Responsabilidad ética y ciudadana

La vida en libertad y democracia exige a cada uno de los ciudadanos el ejercicio de la responsabilidad ética.

Estamos compelidos a resistir los impulsos irracionales del autoritarismo, la degradación democrática, la ceguera jurídica, el consumismo delirante, entre otros males azuzados por vientos feroces que sacuden el mundo globalizado, como el proteccionismo económico, el fundamentalismo religioso, el integrismo cultural, la xenofobia, el racismo, el nacionalismo a ultranza, el populismo demagógico y la peligrosa germinación de reductos neofascistas, fósiles históricos que creímos de momento superados.

No hay tiempo que perder para que, con miras a hacer viable en el futuro la sociedad, nos esforcemos por restablecer los vínculos humanos, que a su vez nos permitan la recuperación inexcusable del otro, del ser humano con el que convivimos, como un acto de redención de nuestra alteridad. En definitiva, soy porque es el otro.

El peor enemigo de nuestra sociedad es la pobreza extrema, unida a la ignorancia, que amerita para su superación de programas sociales que garanticen empleo, educación, salud y vivienda dignos a los sectores sociales más golpeados por la desigualdad, la inequidad y las injusticias.

De no fortalecer a tiempo los mecanismos de la justicia para la vida en democracia, entonces, será preciso que la sociedad procure la fuerza justa de la democracia misma, con la que enmendar el déficit histórico generado por las falencias cómplices de liderazgos autócratas y la fragilidad manipulable de las instituciones y del Estado.

No son halagüeños los resultados de los informes periódicos e independientes sobre progreso institucional, social y humano de organismos internacionales de prestigio como el Foro Económico Mundial, Oxfam, Competitividad Internacional, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) o de Save the Children en torno a temas de neurálgica importancia para la sostenibilidad de la convivencia democrática en nuestra nación y para su mejor porvenir.

La patria, dijo el poeta Antonio Machado (1875-1939), no es aquella cuyo suelo se pisa, sino la del suelo que se labra, el suelo por el que nos desvelamos y luchamos, día a día, para verle entregar sus frutos a su pueblo.

En ocasión de ser investido como Profesor Honorario de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) en 2017, el doctor Nicanor Ursua, de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), se refirió, con elevado sentido de responsabilidadciudadana, a la necesidad de reformar el orden social y a la universidad como institución, en un marco de globalización de la economía y la sociedad.

Empleando los conceptos de lógica económica y lógica ética, propios del pensador García Echeverría, apeló a la inseparabilidad de estos, en procura del funcionamiento esperado de las instituciones democráticas. “La lógica económica -adujo- está constituida por la eficiencia económica que conduce a la generación de valor añadido a la capacidad económica y que nos ha de llevar al bienestar.

La lógica ética significa eficiencia social que conduce a la estabilidad social y a la justicia social”. Añadió que ambas “son partes constitutivas, en el lenguaje kantiano, del mismo proceso y han de actuar simultáneamente y esto no siempre ha sido así en nuestras universidades e instituciones y ha originado una grave crisis económica, financiera social y de valores en nuestra sociedad globalizada”. Son los valores los que pueden garantizar la integración constitutiva de las dos lógicas, de manera que generen una dinámica económica, social, cultural que va a dar lugar a un nuevo orden.

La solidaridad, por cuanto crea vínculos humanos duraderos, es un valor que debemos recuperar para contrarrestar la destructiva fuerza del egoísmo, la depresión, el delirio consumista, la autoexplotación y el individualismo a ultranza.

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