Opinión

Solo para hombres de 18 a 108 años de edad

Pedro Mendoza

Publico este articulo aguijoneado por la preocupación de que cientos de hombres en todo el país podrían ser llevados a los tribunales por graves acusaciones y puestos en prisión   a causa de comportamientos y actitudes en sus relaciones con mujeres que hasta el año 2000 no les acarreaban problemas serios ni condenas judiciales. Aunque sí, ocasionalmente, para evitarse sustos y disgustos familiares que pudieran hacerse públicos, recurrían al pago de pequeñas indemnizaciones económicas. Y como el dinero es el mejor tapón de bagá para “tapar bocas” y ganar “lealtades” que existe en este mundo, pues muchos hombres, ante ciertos casos que ennegrecían   su reputación pública y familiar por la ejecución de una conducta reprochable contra una mujer a la cual pisoteaba su dignidad y su cuerpo, preferían pagar el silencio de la mujer y también el de su familia.

Pero resulta que los tiempos han cambiado tan de prisa que miles de hombres aún no se han dado cuenta que ya llegó el día que una vez pronosticó que vendría doña Cástula, una reputada maipiola de mi pueblo. Doña Cástula, en la década del 1950, fue un baúl de  reflexiones para hombres usuarios de su “pulcro y humilde negocito”, como ella llamaba a su casa de citas, que acudían a sus consejos cuando descubrían que algún ojo u oído indiscreto, o una habladuría con tinte de envidia perniciosa, exponía en caminos, bares, colmados y entre comadres rezadoras en velorios, los amoríos prohibidos que sanamente disfrutaban allí y que atenuaban los sinsabores y privaciones de la vida cotidiana, parejas adultas heterosexuales, o bien, en el caso de las damas con maridos de esos que apenas son capaces de embarazarlas pero  no de cubrir sus necesidades  materiales, sociales mi psicológicas, que bajo la más ancha y muda sombra del silencio, también iban al “pulcro y humilde negocito”, acompañadas de un educado y generoso caballero que al final de la jornada metía disimuladamente  en su corpiño, la ‘ayudita’ que resolvía algunas de sus necedades personales y hogareñas.

Cuando algún parroquiano, moral y económicamente solvente, visitaba el  “santo hogar”, como se refería el cura Santelises al “pulcro y humilde negocito” de doña Cástula, acompañado de una mujer que podría ser menor de edad o que tuviera un marido conocido en el pueblo más por su manía de celos que por su capacidad de buen proveedor,  aquella bajetona pero hábil señora, para la cual todos los caballeros visitantes eran sus compadres,  aconsejaba: “Oiga compadre, aunque se dice que si la mujer es un vino, solo el hombre es su catador, si esa niña es menor, pues no se desespere; deje que la uva madure.

“No hay cosa peor que caer preso por catar un vino de uvas verdes. Si usted viene con una mujer “hecha y derecha” pero que tiene un marido acechador o una amiga “jabladora”, pues también le diría, en caso de que se trate de “una buena y apetitosa comida”, que coma de prisa y nunca más de una  vez por mes. Sea atento con el marido sin preguntarle por ella jamás y tape con papeletas mi boca y la del marido mío, que eso hoy usted lo hace con muy pocos cuartos. Dentro de algunos años, vendrán tiempos difíciles y caer en prisión por alzar una falda será cosa común. No es grato que un hombre serio coja cárcel por la curiosidad de tocar lo que hay detrás de una falda.”

En 20 años han aparecido nuevas costumbres, nuevas actitudes sociales y nuevos artefactos que ven, oyen, envían notas y hasta lo retratan sin  que usted lo sepa. Hoy todo se publica y hasta la intimidad se vende para que sea publicada sin el menor recato. Existe una encarnizada persecución social y legal contra la intimidad entre parejas aunque ésta sea consensuada, y el hombre que crea que podría mantener a salvo el buen nombre y la estima de su familia después de probar la pechuga de una “pollita” todavía adolescente, o el muslo ancho y jugoso de una vecina, se equivoca medio a medio a pesar de que “tape”  varias bocas con el mejor tapón, el dinero. Pues la Ley 136-03 es severísima contra hombres adultos que seduzcan con besitos, dinerito y sexualmente a una adolescente, aunque ella dé su consentimiento, o aunque dicha “adolescente”  sepa más de la ley de la Gravedad mundana que Isaac Newton.

La cámara de un celular se ha convertido no solo en espía y testigo de cargo contra hombres que ligan chicas adolescentes, sino que también se ha convertido en un artefacto aniquilador de su estima pública y también  del patrimonio en pagos de honorarios legales y aun así, te puede llevar a prisión. Por tanto, sea inteligente, sáquele el pie a cualquier mujer que lleve un móvil, a menos que sea su mamá, su hija, nieta o hermana. Recuerde, la Ley 136-03 no circula por WhatsApp, pero una fotografía comprometedora sí.

El autor es terapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa.

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