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Tamboril, sus mujeres y “Tabaré”

En una entrevista concedida en 1988 a un periodista y escritor chileno, el doctor Joaquín Balaguer, crítico literario y entonces presidente de la República Dominicana, declaró que “Hay una región aquí llamada El Cibao, y un sitio, un pueblo que se llama Tamboril, donde las señoras recitaban constantemente “Tabaré” (Listín Diario, 30 /11 /88)

La noticia resultó un tanto curiosa y hasta cierto punto sorprendente; pero lo cierto es que en la segunda mitad del pasado siglo , cuando todavía en Tamboril ni siquiera existía parque público, los habitantes de este municipio utilizaban como tal una extensa explanada ubicada en el mismo corazón del pequeño poblado y allí, bajo la sombra protectora de tres imponentes samanes, las damas de mayor nivel de instrucción solían reunirse los domingos y en horas de la tarde para leer y/o recitar en forma rotativa los épicos y románticos versos del monumental poema compuesto por el inspirado bardo uruguayo, Juan Zorrilla de San Martín (1855 – 1931).

¿Qué es “Tabaré”?

«Tabaré», libro publicado en 1888 y traducido a todos los idiomas, es un hermoso poema narrativo en el que se relata la invasión de los conquistadores españoles en el territorio de los indios Charrúa. Merced a esta relación central, en el poema se cuenta la trágica historia de amor de una joven española y un joven mestizo: los amores de Blanca y Tabaré.

La popularidad que alcanzó esta obra en la población tamborileña fue de tal magnitud que, al decir del fenecido historiador y exdirector del Archivo Histórico de Santiago, don Román Franco Fondeur, los santiagueros llegaron a identificar a Tamboril como “la tierra de Tabaré».

Vista esta realidad valdría preguntarse: ¿Por qué concitó Tabaré tanto interés entre los habitantes de una zona que aparte de carecer de tradición literaria estaba matizada por indiscutibles rasgos aldeanos? ¿Qué tan estrechas eran las relaciones diplomáticas entre Uruguay y  la República Dominicana? ¿Quién o quiénes sembraron en el corazón de esas ilustres señoras el amor por esta genial obra poética?

Realmente no lo sabemos.

Los resultados emanados de las investigaciones que al respecto hemos realizado, resultan poco convincentes por cuanto parten de respuestas que apenas trascienden el marco de la simple especulación.

La extraordinaria afición que sintieron los tamborileños por “Tabaré”, según opinan muchos, talvez se debió al embrujante tono romántico – amoroso de sus versos, o debido a que en la época en que se hizo popular aún se respiraban los aires del Romanticismo en el ambiente literario dominicano.

Mas de ser así, habría nuevamente que preguntarse:

¿Por qué en lugar de “Tabaré”, la atención de las ya referidas damas lectoras no se concentró en otras piezas poéticas también de carácter romántico como los bellos poemas de la dominicana Salomé Ureña;  o en el libro “La cautiva”, de Esteban Echeverría;   en “Martín Fierro”, de José Hernández, o en una obra en prosa que como “María”, de Jorge Isaacs, aborda igualmente la temática amorosa, posee mayor fuerza dramática y en el período que nos ocupa estaba considerada como el libro más leído en el continente americano?

Todas estas interrogantes vienen al caso porque entendemos que algún motivo de índole cultural tuvo que haber influido para que los moradores de la llamada PAJIZA ALDEA se encariñaran casi de manera ciega por lo que Anatole France llamó la «Epopeya Nacional de Uruguay»

La raíz de tan singular afición talvez nunca lleguemos a conocerla, pero ella pone de manifiesto o sitúa a Tamboril como un pueblo de tradición lectora y apegado a los más elevados valores de la cultura. Tradición que en mayor o menor grado aún se mantiene vigente.

Lo que sí conocemos desde ya es que en la fresca tarde de un lejano domingo, mientras los chiquillos correteaban en el amplio patio y los novios intercambiaban dulces miradas de amor, un grupo de cultas damas tamborileñas, indiferentes a todo lo que sucedía en a su alrededor, se acomodaban en el tronco de los simbólicos e históricos  samanes de su pueblo, y al son de la música intermitente de la brisa, se les escuchaba declamar, con expresivos acentos, versos como los siguientes:

“¡Cayó la flor al río!
Los temblorosos círculos concéntricos
balancearon los verdes camalotes,
y en el silencio del juncal murieron…» 

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