Editorial

Toque de queda medalaganario

Escenas de reyertas con pescozones y patadas entre policías y civiles, más otros excesos de comportamientos de parte y parte, conforman el ambiente de desafueros en que se aplica el toque de queda en el país.

Y todo esto a causa de ausencia de un claro régimen de consecuencias que permita, en lo posible, que esta medida restrictiva tomada al amparo del estado de emergencia sea parte esencial en la lucha contra el coronavirus.

Al no establecerse claramente cuáles son las sanciones más apropiadas y efectivas, pero sobre todo disuasivas, en principio a los que eran detenidos en las calles en el horario del toque de queda se les llevaba a un cuartel a pasar el resto de la noche.

Pero probablemente muchos de los más de 36 mil personas que lo han violado desde que se decretó el 20 de marzo reincidieron porque no sintieron la dureza de la sanción, establecida sin parámetros claros.

Esta es una de las debilidades en el cumplimiento de las medidas de cuarentena, razón por la cual cada tarde o noche se suceden los enfrentamientos, discusiones o abiertos desafíos de los ciudadanos a esa medida de excepción.

En otros países de nuestra región, de América Latina, de Europa o del Asia, las sanciones son claras: multas que van de 60 a 60 mil dólares, penas de prisión de tres meses hasta 10 años o incautación de vehículos no autorizados para circular.

En diferentes estados de los Estados Unidos las multas van de mil a 5 mil dólares (en algunos con prisión incluida) mientras que en El Salvador le meten 30 días de arresto a los violadores e igual tiempo de incautación a los vehículos no autorizados.

En otros lugares rigen cuarentenas casi totales, permitiendo apenas entre uno y dos días para que la gente refuerce sus abastecimientos de comida y medicinas. En donde solo prevalecen toques de queda de más de 12 horas, la regla se reputa inviolable o implica severas multas y prisión.

Aquí, en ausencia de esas explícitas sanciones, el asunto se resuelve con un macanazo, unas cuantas patadas o trompadas, un infructuoso correteo de policías o militares a gente que bebe o baila en los barrios, sin que estos escarceos logren el objetivo principal del toque de queda.

Otra muestra más del relajo con que muchos han tomado la existencia de un estado de emergencia que luce ser el más vulnerable y flexible de cuantos rigen en países atacados por el coronavirus.

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