Editorial

Tránsito, un problema eterno

Editorial El Caribe

El problema del transporte y el tránsito en el Gran Santo Domingo es tan grave que ya es motivo de propuestas en los programas de los candidatos a alcaldes de los diferentes partidos y bloques que llevan candidaturas para las elecciones municipales de febrero próximo.

Y no es para menos. El tránsito en el Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo es un verdadero caos. Ya no hay hora ni días flojos. Los tapones están a la orden del día.

Millonarias inversiones en túneles, elevados y avenidas de circunvalación han sido hechas por diferentes administraciones con el propósito de descongestionar el tránsito y agilizar la circulación vehicular por las principales avenidas y calles de la Capital. La duración de esa agilidad ha sido efímera.

A esas obras se agregan otras iniciativas gubernamentales con el propósito de masificar el transporte público de pasajeros, como el Metro de Santo Domingo, el Teleférico y la compra de nuevos autobuses para la OMSA.

Cabe preguntar qué habría sido del tránsito por las avenidas 27 de Febrero, Kennedy, Máximo Gómez, Charles de Gaulle o San Vicente de Paul si no hubieran sido objeto de proyectos de mejorar la infraestructura vial. Una respuesta podría ser que ya en estos momentos las calles y venidas de la capital no permitirían la circulación vehicular.

No sería exagerada esa conclusión si se asocia con la realidad que se ve día a día, cuando se forman enormes tapones que bloquean el tránsito por tramos como el de la avenida 27 de Febrero, entre la Luperón y la Isabel Aguilar, o en el kilómetro 9 de la Duarte, para citar dos casos emblemáticos de caos.

Sin ser alarmista, fatalista ni extremista, habrá que proyectar, o al menos temer, que un día cualquiera se producirá un tapón enorme, que obligará a todos a caminar a pie y dejar los autos en garajes, marquesinas o simplemente en las calles.

Muchas preguntas surgen al respecto. Una de ellas es si ya el número de vehículos que tiene el país superó la capacidad de acogida de las calles y avenidas, al menos en la capital.

La realidad es que el problema crece y requiere de urgente solución antes que sea inmanejable.

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