Opinión

Una alocución magistral

Por: Rafael A. Escotto

Me encantó el escenario que le sirvió de marco excelente al presidente Luis
Rodolfo Abinader Corona, para su discurso público la noche del 16 de noviembre
de 2020.

Fue una especie de paraninfo catedralicio lo que vimos; un ambiente
seleccionado para los grandes pensadores políticos. Este estilo académico de
comunicación en el que el público simulaba ser un grupo de alumnos oyendo con
sumo interés, no a un estadista que cumplía noventa días de gobernanza, sino a
un verdadero pedagogo en tiempo de Aristoteles enseñando ética, ciencias
políticas y la forma de gobernar una nación en el liceo de Atenas, promoviendo en
ese círculo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y de la economía en
medio de una pandemia.

Podría decirse, que en esa alocución magistral el presidente Abinader se esforzó,
como hizo Aristóteles, tratando de influenciar en darle forma al carácter del
hombre dominicano. Creo que el presidente sabe que un pueblo que ha perdido
la conciencia colectiva de los valores que la integran y que ha olvidado el sentido
de vivir como parte integrante de una comunidad, no es capaz de enriquecer el
caudal de la cultura humana, como dijera el filósofo, pedagogo y escritor español
Eloy Luis André.

Dijo el filósofo alemán Pablo de la Garde, hablando sobre el concepto de
pueblo: «El valor de un pueblo se cifra en la solidaridad orgánica de la fuerza
natural propia de un conjunto de hombres dotados de una misión histórica
común. El pueblo habla sólo cuando se hace carne como verbo en sus individuos.»
Y, continúo abundando este filósofo de la cultura, que «Para que se haga carne en
todos es preciso que sientan una necesidad común; porque sentir la necesidad
común es la esencia del concepto pueblo. Los fundamentos de la historia de un
pueblo se vinculan en sus dotes naturales.»

Siguiendo el análisis de la alocución del presidente, cabe decir y enfatizo, que al
sentarme frente al televisor imaginé que me había matriculado, no en la escuela
de Derecho de una universidad norteamericana, como fue mi caso, sino en la
afamada academia donde enseñaba Platón.

Al ver al presidente exponiendo sus ideas con claridad, me pareció que Abinader
pertenecía a la corte de Macedonia en la antigüedad clásica; perdonen mis
lectores si he cometido alguna extravagancia al comparar aquel escenario del
reino de Filipo II y de Aristóteles, el cual Homero  mencionó en  veinticuatro
cantos en su poema épico La Odisea,  con el de una isla llamada Quisqueya o la
Española, escindida por dos culturas íntegramente separadas por el idioma, con
tradiciones  o costumbres completamente diferentes, con sectores sociales
dominicanos que tratan de lograr una unificación de dos partes, a todas luces
inviable.

En un momento del desarrollo de su magistral alocución, sentí que Proxeno de
Arteneus, quien educó a Aristoteles a la muerte de sus padres, me había enviado
a Atenas a cultivar una educación en ciencias políticas. Cuando me espabile
estaba en Santo Domingo en pleno siglo XXI escuchando a Luis Abinader hablando
de competitividad, de nuevas fuentes de trabajo, de educación superior y de
desarrollo humano.

Observé en el mandatario a un erudito explicándole al pueblo cada temática, cada
proposición, sin dar señales de ser un catedrático pretencioso de la ciencia
política, más bien parecía un tratadista o especialista de la gobernabilidad
paseándose por el aula mientras dialogaba, como los «peripatéticos" que
enseñaban en la escuela de Aristoteles.

La alocución ofrecida por el presidente Luis Rodolfo Abinader Corona, el día 16 de
noviembre fue más bien un diálogo lleno de razonamientos elocuentes. En este
trabajo no pretendo ni por asomo parecerme a un Teofrasto, ocupándome de
proclamar este conversatorio.

En la persona de Luis Abinader me pareció oír durante su discurso a Nelson
Mandela cuando dijo, a los noventa días de su gobierno, después de convertirse
en el primer presidente negro en Sudáfrica: «Todo parece imposible hasta que se
hace.»

Me imaginé que en este diálogo con el pueblo el honorable señor presidente de la
Republica, Luis Rodolfo Abinader Corona, le quiso transmitir a su pueblo aquella
expresión de Julio César al cruzar e Rubicón: «La suerte (de mi gobierno) está
echada». Sin embargo, me parece también que escuché al presidente decir: «Haré
todo lo posible desde mi Gobierno colocando a mi pueblo en el camino del éxito
verdadero sin tratar de venderle ilusiones, como ha sucedido con los gobiernos
anteriores a mi gestión.»

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