Editorial

Una película de terror

Aquí, con el coronavirus, somos los actores y espectadores de una auténtica película de terror. El miedo está incubado en la mente de millones de ciudadanos. La mayoría está trancada en su casa implorando que el invisible ejército vírico no yugule sus gargantas ni cubra letalmente sus pulmones.

Tanto tratamos de evitar que el virus entre en el cuerpo que hasta miedo tenemos de estar cerca de cualquier persona, tenga síntomas o no, aunque sea el pariente más cercano o querido.

La película echa a rodar sobre la inédita imagen aérea nocturna de una ciudad desolada, sin vida, sometida al toque de queda.

Luego aparecen las conmovedoras escenas de gentes de diferentes edades, sobre todo adultos mayores, con sus rostros cubiertos por ventiladores mecánicos en las salas de cuidados intensivos, a la suerte de Dios.

Fuera de estas exclusivas salas, la gente que ha dado positivo en la prueba diagnóstica llena las zonas de cuarentena hospitalaria buscando ansiosa la atención médica salvadora. O se queda forzosamente aislada en su propia casa a merced de las dudas de si sobrevivirá.

Se convierten en una especie de paria social dentro de su propio hogar, viendo cómo todos se alejan para evitar el contagio, mientras en muchos pueblos en los que la epidemia causa mayores estragos, los vehículos militares y las sirenas marcan un compás de guerra para ahuyentar el virus.

Es mayor la desesperación de muchos actores cuando llaman a una línea telefónica de auxilio y nadie toma el teléfono para anotarlos en la larga lista de espera de los que quieren o necesitan las pruebas diagnósticas.

Un S.O.S que nadie parece escuchar.

Cada mañana, a las 10:00, un solitario ministro de la Salud aparece en todas las pantallas de la televisión y de los celulares inteligentes divulgando el parte de las bajas, con las cifras de los que murieron o los que están heridos en esta guerra.

En el aislamiento domiciliario, centenares de miles se aferran a la esperanza de escapársele al terrible virus aguardando que su organismo resista y les permita respirar y economizarse el paso hacia la cuarta fase.

En esta etapa ya están muchos conectados a ventiladores mecánicos y recibiendo dosis de inyecciones de unos medicamentos que todavía no se sabe si funcionarán.

Esta película de terror sintetiza hoy la realidad dominicana y la de más de 170 países que han caído en las garras del coronavirus.

Es un panorama fantasmagórico desde cuyas honduras parece emerger un único y consolador consejo: ¡Agárrense de Dios!

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