Opinión

Una sociedad con un grave deterioro de su autoestima

Pedro Mendoza

Si no me falla la memoria, fue a partir del 1977 cuando médicos y psicólogos empezamos a etiquetar como diagnóstico el síndrome de “bourn out”, es decir, el síndrome del “quemado”. Este trastorno o naufragio emocional crónico consiste en una respuesta  inapropiada que dan las personas a su agotamiento psicológico y físico por las frustraciones sufridas ante metas y perspectivas que se propusieron alcanzar pero que nunca hicieron el esfuerzo suficiente para lograrlas, y que a nivel conductual se manifiesta con actitudes frías y negativas frente a toda la sociedad o frente a instituciones de la sociedad y a nivel emocional tienden a la despersonalización propia y la ajena y a un manifiesto deterioro progresivo de la autoestima.

Según Freud (1856-1939), independientemente de la forma de organización que tenga una sociedad humana cualquiera o la distribución del poder que se haya dado, sus miembros deberán aprender  cómo procesar sus frustraciones porque de lo contrario la convivencia sería imposible. Vivir en sociedad,  –afirmaba–  necesariamente lleva a la situación de que los individuos se eleven por encima del estatus de los animales y las bestias para hacer posible el dominio de la naturaleza y la regulación de las relaciones entre sí.

Una dificultad grandilocuente que visualizó Freud en sus análisis de la derivación de pensamiento y actitudes de los grupos humanos, aunque casi exclusivamente de aquellos que les resulta difícil disfrutar de los beneficios del desarrollo, es la no comprensión del porqué  se dejan seducir de los cantos de sirenas de los falsos líderes que les enseñan solo a quejarse de lo poco o nada que les da la sociedad. Les enseñan a ser demandantes pero no a buscar soluciones y autoeficiencia por lo que rara vez se anticipan al fracaso. Al suponer que es la sociedad o el país, el culpable de sus limitaciones sociales y cognitivas, castigan al resto de la sociedad o a sus instituciones con su desprecio, su rechazo y negación de todo cuanto haga y  logre el país, sea bueno o malo.  Para estos individuos toda acción que engrandezca la sociedad o toda victoria que afirme su país, es producto del azar o de la casualidad. Son como el hijo huérfano “incomprendido”: difama al resto de huérfanos que buscó y logró ser comprendido.
Con el tiempo, si no ocurre un acontecimiento que rompa con esa reacción a la frustración social consistente en el menoscabo sistemático y desprecio por el valor de pertenencia e identificación con la sociedad de la cual se es miembro, o bien, se asume una ‘moratoria’ con la actitud de desconfianza extrema  contra las instituciones de la sociedad, sino que sigue predominando la creencia de que se libra una batalla contra el arraigo y la fidelidad a la sociedad de pertenencia, pues el resultado será el agravamiento del síndrome del “quemado” donde la baja autoestima, la despersonalización y las opiniones negativas contra la sociedad y sus instituciones predominan como si fueran reglas normales para la supervivencia.
Por eso, creo que lo dicho por un editorial de Diario Libre, titulado Cambio de actitud del 27 de agosto/2019, encuentra su esencia y justificación en el rechazo a las críticas dirigidas contra el país por aquellos que de manera maníaca gozan del supuesto desprestigio que nos provocan ante los ojos del extranjero.  Más aún,  gente que desconoce totalmente la manera de investigar de  los organismos de seguridad interna de los Estados del mundo, sin miramiento alguno pretende desacreditar al Estado dominicano representado por sus instituciones oficiales.
La buena autoestima se refiere a la evaluación positiva que de sí misma hace una persona. Eso la hace segura, siente confianza, orgullo y respeto por sí misma. Estos conceptos que de sí mismos poseen los miembros de un grupo o conglomerado social, los lleva a adoptar actitudes también de respeto y orgullo de pertenencia a una sociedad o pueblo determinado.

Quiero llamar la atención de aquellos dominicanos que empobrecen a nuestra sociedad con su falta de confianza y de respeto por ella, que no confundan la baja estima que tienen de sus instituciones con los  juicios morales “intuitivos” que tengan sobre estas. Pues las sociedades y sus instituciones no se juzgan con juicios morales “intuitivos” sino mediante juicios morales “utilitarios”, ya que sirven y buscan un bien mayor y más racional para todos.

Esa es la razón de  por qué  las sociedades solo son pasibles de aplicación del  “dilema del tranvía” (Phillippa Foot, 1978). Consiste dicho dilema en juzgar si es moral o no, salvar la vida de cinco personas que podría matar un tren que se descarrila al desviarlo hacia una línea muerta pero sobre la cual duerme un empleado que seguro morirá aplastado por el tren si es desviado. Lo moral es desviar el tren hacia la línea muerta y salvar a cinco y que solo muera uno.

Los que expresan deseos compulsivos de rebajar la sociedad a una aldea de viciosos sin ética, fracasarán en su empeño porque no podrán “contagiar” como viruela su pobre autoestima de sí mismos a todo un país orgulloso de su valía.

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