Opinión

Volando en un motoconcho…

Fausto García

“El hombre que oculta su pasado se niega a sí mismo”. (Fausto García)

Según datos de la DGII para el 2020, de los casi 5 millones de vehículos registrados, el 55.7% son motocicletas. Hay varios temas a tratar sobre ellas como medio de transporte en un país pobre donde se las usa mayormente como vía de empleos masivos informales. Por múltiples razones ellas se han convertido en el primer medio de transporte. Santo Domingo y las mayorías de las provincias, se caracterizan por tener en sus municipios distintas paradas de motoconchos. Por circunstancias particulares y ocasionales, en algunos momentos me vi precisado a hacer uso de ellos. Existían zonas o lugares, en algunas demarcaciones, que en el pasado era preferible trasladarse en una motocicleta para poder acceder más fácil y ganar tiempo, vale decir entonces que en ciertos momentos me vi volando por los aires en una motocicleta o sobre dos ruedas.

De mis días de niñez recuerdos los juguetes de aquellos años: 1. carritos hechos con el fruto o semilla de un árbol llamado javilla. Estas hacían las veces de ruedas; 2. las gomas usadas de un carro normal, a la cual le echábamos agua de jabón, usábamos 2 palos que le entrabamos y a correr se ha dicho; 3. la goma usada de una motocicleta, muy escasas por cierto, para la cual usábamos un pedazo de un plástico fuerte (galón) o de yagua en forma de pala, la cual poníamos sobre la goma, la empujábamos y a correr se ha dicho.

Y hablando de yagua, esta era también una especie de juguete, pues tomábamos de la palma el famoso yaguacil (estuche o vaina dónde nace y crece su fruto) los cuales tomábamos para correr y echar competencias en los cafetales con bajadas o pendientes. De estos tengo una marca en mi cuerpo. Resulta que en una competencia, procurando ganar, mientras nos deslizábamos por una pendiente, entre árboles, hice un giro brusco hacia la izquierda y el yaguacil me rebotó. Al momento de inclinarme y buscando cuidarme, rosé su borde, -el cual es fino y corta- en la parte anterior del brazo izquierdo y me hizo una herida de aproximadamente 2 pulgadas, cuya cicatriz llevo conmigo, como una muestra indeleble de aquellos juegos infantiles que marcaron nuestras historias y testimonian una inocencia perdida justamente entre los matorrales de aquellas lomas de San Víctor Arriba, común de Moca, provincia Espaillat. Cómo era natural, esa herida, a pesar de su tamaño, se curó con parches de hojas de plantas y tierra. Quién lo diría!

En el campo no llegué a tener ni usar bicicletas. Escasamente nos montábamos en una bola o aventón que nos daban los dueños o choferes de los únicos vehículos (2-3) que transitaban por ese callejón llamado carretera. Eran los famosos Land Rover. Digno es mencionar y recordar a Carlito y los muchachos de Juanito Lantigua, y también a Bienvenido el de Tingo Gutiérrez, a Polo el de Ismael, entre otros. A veces cuando nos pasaba por el lado un Jeep por alguna cuesta, subiendo de la escuela, salíamos corriendo y nos enganchábamos en la parte trasera sin que el chofer se diera cuenta y antes de terminar la subida nos tirábamos.

Ya en Santiago, a finales de la década del 70 llegué a tener mis bicicletas, incluso una de carrera como decimos, con la cual gané el segundo lugar de una competencia patrocinada por la Pepsicola en la calle Padre las Casas y entorno; y para la universidad (1982-86) tuve la única motocicleta que usé, una Honda 50. De ella recuerdo que le quité el silenciador del muffler y me gustaba ese ruido fuerte que producía. Entiendo que lo mismo les pasa a los motoristas de hoy. En ella tuve un solo accidente. Iba por la avenida 27 de febrero frente al Hospital Cabral y Báez y la aceleré más de lo normal y caí en un hoyo del pavimento, lo que provocó que me cayera. Solo tuve laceraciones en un brazo y una rodilla. Viendo y teniendo que lidiar en mi profesión con algunos casos de motoristas accidentados, lo mismo que el crecimiento del parque vehicular, la forma descuidada y abusiva como se maneja en mi país, he llegado casi a tenerle pavor a las motocicletas. No obstante, un día de estos por un motivo X me vi precisado a tomar un motoconcho en esta ciudad de Santiago y a la verdad que ahí iba yo volando…sobre dos ruedas. Gracias a Dios llegué sano y salvo a mi destino, aunque con el corazón en la boca como dicen nuestros mayores.

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