Editorial

Votar con ojos muy abiertos

Muchos encuestados que de ordinario expresan opiniones negativas sobre políticos, en ejercicios de poder o no, luego se abstienen de reflejar su sentir en votaciones; son también, probablemente, los que por momentos llenan plazas con banderas de repudio a las formas de gobernar. Sin votos irreflexivos o dejados de echar, no abundarían legislativamente las insensibilidades ante la sociedad, la sumisión al presidencialismo ni las vulneraciones éticas. Ni sería creíble que un «hombre del maletín» se pasea a veces entre hacedores de leyes.

Votan erráticamente o se abstienen, dejando que otros decidan por ellos para que luego le pese a más de media República. La inconsciencia al escoger electoralmente es una vieja reincidencia. Los escogidos que usan atribuciones para allegarse mayúsculos ingresos, privilegios varios, súper dietas y exoneraciones para los autos más caros «cumpliendo» horarios cortos y flexibles, han ocupado poltronas por decenas de años. Demasiado gente concurre a comicios sin fijarse criterio sobre los aspirantes. No miran más allá de la fachada que se pintan los buscadores de apoyo o la obsequiosidad los obnubila. Las curules se disciernen como en bolsa de valores. Quienes más invierten en sus jurisdicciones para ilusionar y adquirir simpatías (y votos en vez de títulos) suelen ser los gananciosos. Un desconcertante poder de compra es parte de la “democracia».

¿Con el queso a cargo de quién?

Para que alguien pueda robarse de un tajo 37 millones de pesos que serían usados en elecciones -de las que antes solo se robaban urnas y boletas- el tesoro tenía que estar muy mal cuidado, aun en el recinto que correspondía o se lo transportaba como baratija por una carencia elemental de sentido sobre el valor de las cosas que cuando proceden del Estado a los vivos les parecen que no tienen dueños.

Por de pronto, ninguna millonada puede estar sin blindaje móvil o estático, sin una vigilancia armada y competente, porque de ser así habría que atribuir fallas administrativas graves que son penables por aquello de que ningún funcionario tiene excusa ni puede alegar ignorancia ante la ley para faltar a sus obligaciones y deberes. Barbaridades que suelen ocurrir cuando no funciona un régimen de consecuencias.

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