Opinión

¿Y nos hemos dañados todos? (1 de 2)

Fausto García

La vida y sus cosas son de forma y de fondo.  Lamentablemente, hay quienes pierden el fondo, por estar guardando “las formas”. (Fausto García)

Al ver el desenvolvimiento de la sociedad en los distintos niveles o extractos sociales y conociendo algunas interioridades de los que están más altamente encumbrados en la política, la economía y el mundo empresarial, y dejándolos a ellos y viniendo al mundo medio o más bajo, me pregunto ¿y nos hemos dañados todos?

Dejando a los de arriba, arriba, a sabiendas de que muy posiblemente estén más bajo, que los de abajo, me envuelvo en la cotidianidad de estos últimos y al hacerlo hago más que cuestionarme en la forma antes dicha. Esta envoltura por mucho que pretenda desenvolverla aun con poesías será poco comprendida por todos aquellos a quienes pretendo alcanzar, es por esto, que entiendo que la única forma de lograrlo es compartiendo algunas de las vivencias que motivan esta inquietud.

De entrada, aclaro que todas son de este año. Una primera fue cuando se me presentó un viaje expreso a la capital, como decimos los del Cibao, lo que motivó tomar un autobús de los que salen más temprano.  Para hacerlo, ubiqué un taxi y al aproximarnos a la estación el conductor advirtió que la guagua estaba saliendo, no obstante, se acercó, y al hacerlo vino alguien y me preguntó que, si tenía el pasaje menudo, le dije que sí, se lo di, lo tomó, y nos ordenó: síganlo que más adelante se detiene.  Yo entendí rápidamente lo que el sentido común me decía, sin embargo, el taxista no, y a medidas que avanzaba y veía que el autobús no hacia parada me dijo par de veces: “amigo, yo creo que a usted lo tumbaron…” Mi (SC) como dijo yo, no me fallo, y a escasos metros vino la parada, dejé el taxi y abordé mi bus.  Lo dicho por el taxista, su inquietud y preocupación, es prácticamente colectiva en nuestra población, vivimos creyendo que nos han o nos están engañando.

Acompañé una amiga a una diligencia bancaria en el centro de esta ciudad, y aproveché y me llevé un reloj de pared para que un relojero de esos callejeros, que adornan las aceras de algunas de las vías céntricas, me lo arreglara.  Aun siendo barato quise arreglarlo por su color. Se lo entregué a aquel obrero del tiempo y le pregunté, ¿no sale caro arreglarlo, es la máquina, hay que chequearla?  Me dijo, tengo que destaparlo para ver, pero debo arreglar este primero.  Le indiqué se lo dejo y vengo en unos minutos. Al efecto vine luego de una hora, pues lo más simpático es bromear con el tiempo de estos obreros. Al llegar me dijo: estamos listos, su máquina no servía tuve que ponerle esta, vea la suya como estaba. Lo dejé quieto, me defendí del precio y le prometí llevarle un ejemplar del periódico donde saldría este articulo y del cual tenía uno en su mesa de trabajo. Espero hacerlo para cumplirle la promesa, y todo porque fue tan inteligente que no se dio cuenta de que yo había marcado la máquina de mi reloj y lo peor, que la que me dio como mía y que no servía, parecía sacada de un basurero.  Conmigo andaba una hermana, además de una amiga y un hijo de esta a quienes les conté parte de la historia, pues la otra, ellos la vivieron. ¿Por qué quiso engañarme de ese modo? ¡Si pudiera entrar en su mente!

Una tercera fue que, al echar gasolina en una estación de expendio, me pidió con insistencia el bombero que mirara la pantalla en cero –la mayoría lo hacen- pero no con tan insistencia pensé después.  Yo nunca la veo ni lo haré pues en mi mente no está creer que me van a engañar.  No obstante, me resultó extraña la insistencia de ese empleado por lo que a pesar de no ver su pantalla y decirle que no era necesario, al andar unas cuantas millas le eché un ojo al medidor de la gasolina y para mi sorpresa, ¡me timó con alevosía ese pobre hombre!

Una cuarte ocurrió la tarde de un domingo, a eso de las 3:00 me dirigí a uno de los supermercados de la ciudad. Al llegar, en la puerta trasera, recostado en un poste de luz, vi la miseria humana que hacía frontera con la opulencia de los adinerados.  Aquello era como las murallas que se construían en Jerusalén en los tiempos de los leprosos. Se trataba de un anciano septuagenario, con la miseria múltiple pintada en su rostro, frente a aquel emporio económico que le negaba el acceso a sus instalaciones, al menos a un simple rincón para desde allí realizar su faena que le proporcionaría el pan de algunos días, esto es, limpiar zapatos.

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