Opinión

¿Y nos hemos dañados todos? (2 de 2)

Fausto García

La vida y sus cosas son de forma y de fondo.  Lamentablemente, hay quienes pierden el fondo, por estar guardando “las formas”. (Fausto García)

Al ver la escena y dejarme bañar por el (SC) y algo de misericordia, aun cuando mis zapatos no estaban sucios, me dispuse a limpiarlos, para lo cual me le acerqué, hablamos un poco, aceptó trasladarnos a la otra acera y esquina, debajo de un árbol que nos daba cobijo aquella tarde de aquel día, que, de no ser domingo, el calor lo hacía lucir y sentir infernal.  Entre tantas cosas que hablaba con ese ciudadano oriundo de Canca, le pregunté que como le había ido en el día, a lo que me dijo: muy mal…, pues no había hecho nada, vale decir ninguna limpia y por tanto no había ganado nada.  Me quedé viéndolo y le pregunté que, si era verdad, me dijo que por Dios y por su madre que estaba muerta, yo era lo primero del día…  Pero lo que el menos esperaba en su vida, -y no se lo llegué a decir- es que estaba hablando con otro bombero, con alguien que allá por los años mozos había ejercido ese digno oficio, por lo que, al sacar los utensilios de la caja, advertí que los mismos estaban mojados y además sus manos lo delataban, lo cual le advertí, y a pesar de los pesares, se defendió como un gato boca arriba.  Naturalmente no insistí, pasamos a hablar de pelota, lo dejé en paz, le hice el pago con ñapa, le deseé bendiciones y él a mí. Aquí la otra pregunta, ¿Por qué tenía que mentirme, acaso su miseria era tan honda?

Una quinta y casi termino, me dio justamente en el medio de la conciencia.  Algunos de los de mayor memoria recordaran ciertos detalles de un artículo publicado en este mismo medio en torno a un marchante, vendedor de una fruta que engalana el sancocho y que todavía recuerdo su frase célebre: “los buscavidas no tenemos hora para comer”.  Con su voz inconfundible y de elevados decibeles, era notoria su presencia en algunas calles céntricas de la ciudad, por todas sus características, incluida, claro está, la de pobre. Esta última me llevó a acercarme a él y hacer empatía, llegando a identificarme con lo que la mano derecha hace y la izquierda no debe saber -ustedes entienden-, e incluso extendiendo la relación a un favor que por igual ustedes entienden.  Lo digo así porque toda su persona, incluyendo su pobreza, me merece alto respeto.

El punto es, para acabar con la incomodidad de este relato, que le había echado de menos hacía varios meses, incluso a mi asistente le llegué a preguntar por él y a otros marchantes.  Estaba bien preocupado, pues al estar enfermo cuando lo vi la última vez, pensé que se había agravado o tal vez muerto, quien sabe. Los días siguieron pasando, vale decir, los meses, hasta que un día a cuatro calles y ocho cuadras de la mía, fui donde un amigo colega a buscar algo y cuando llegué justamente allí estaba el con su ponchera, vendiendo aun la codiciada fruta y siendo la misma persona que vi y traté pero que no llegué a conocer justamente hasta ese día.  Al verme se sorprendió bastante. Yo no, solo le pregunté por qué había botado mi calle y los entornos a lo que estropajosamente y nervioso empezó a contestarme, pero lo interrumpí y hablamos un poco de otros puntos, dejándolo finalmente en paz con la bendición de Dios, la cual el también me hecho.

A lo largo del anuncio de la pasión de Jesús y de esta misma, hay varias escenas del Evangelio que llaman mi atención y que en cada tiempo litúrgico que se contemplan, me detengo a leerlas con atención, descubriendo cada vez que lo hago, que sigo vacío, sin entender algunas expresiones del gran Maestro, como la dicha por él a Judas Iscariote cuando este se lamentaba porque María Magdalena había “desperdiciado” un perfume de nardo puro, muy caro, lavándole los pies y secándoselos con sus cabellos, y él le dijo: “A los pobres los tienen siempre entre ustedes” (Jn. 12-8). Me pregunto casi al final, serán algunos de estos pobres a quienes me he referido, ¿parte de los pobres a que se refiere Jesús?

Para concluir, y esta no estaba en agenda, iba justamente en la quinta, cuando al lugar donde escribo estas líneas, -casa de mis inolvidables viejos- llegó un amigo con quien hace unos días compartí una mano de domino y advertimos todos los presentes, que él estaba “pelú”, por lo que prometió pelarse y mi (SC) me dijo que lo haría cuando cobrara la quincena, a fin de mes. Al verlo pelú cuando llegó este día, le pregunté por su “pajón”, a lo que me dijo que no le habían pagado, pues la administradora andaba de viaje. Y a ella se le olvidó que usted come y paga una habitación cada quincena, le pregunté, a lo que él me dijo: usted sabe amigo cómo son los que tienen…, se creen que el pobre no necesita.  Él trabaja como encargando de limpieza en un edificio de diez apartamentos, con horas extras y sin seguridad social ni privada.  De paso, a la fecha su pago estaba atrasado ya por siete días.

 

Creo que lo anterior es más que suficiente como para preguntarnos finalmente, ¿Y NOS HEMOS DAÑADOS TODOS?

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