Opinión

Yelidá: El poema del mulataje antillano

Por Domingo Caba Ramos

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« Tomás Hernández Franco, natural de Tamboril, Santiago de los Caballeros, República Dominicana, publica Yelidá en 1942, poema en el que proyecta el aliento paradisíaco de la topografía entroncada en la epopeya racial de la mulatía»
(Bruno Rosario Candelier)

Yelidá, de Tomás Hernández (Tamboril, 29 de abril de 1904 – Santo Domingo, 1 de septiembre de 1952), junto a Compadre Mon (1942), de Manuel del Cabral; El poema de la hija reintegrada (1934), de Domingo Moreno Jimenes y Hay un país en el mundo (1949), de Pedro Mir, entre otros, forma parte de los textos capitales de la poesía dominicana del siglo XX. Fue compuesto en 1942 en El Salvador, año en que su autor desempeñaba funciones diplomáticas en esa nación suramericana.

1. ¿CÓMO FUE ESCRITO YELIDÁ?

La riqueza léxica, así como el extraordinario valor simbólico, literario y cultural que se aprecia en el poema contrastan poderosamente con la forma acelerada, repentista o casi improvisada como fue escrita dicha composición. Así lo testimonia la viuda del poeta, doña Amparo Tolentino, en una entrevista concedida al autor del presente artículo, años antes de su sentido fallecimiento:

« Tomás escribió a Yelidá prácticamente de un tirón – afirma doña Amparo. Recuerdo que esa tarde llegó de la Embajada, se sentó frente a su maquinilla y como si alguien le estuviera dictando los versos comenzó a escribir. El sonido de la máquina parecía una metralleta. No se detuvo hasta que llegó la hora de asistir a una de las habituales recepciones propias del servicio diplomático. El poema quedó así iniciado, el papel donde escribía lo dejó en la maquilla para continuarlo a su regreso. Y así fue. Cuando regresó en la noche, reinició el trabajo poético antes suspendido, y no se paró de la silla hasta que la obra quedó felizmente terminada. Esto ocurrió de manera rápida – continúa explicando doña Amparo. Me pidió que le corrigiera un verso, no recuerdo cuál. Le dije que estaba bien así. Extrajo el texto de la máquina y sin corregir una sola palabra lo envió a la imprenta, y ese texto es el que hoy todos conocemos con el título de YELIDÁ» (1)

Cuando compuso el poema, Hernández Franco conocía muy bien al pueblo haitiano, su cultura y el ritual mágico del vudú; pues en Haití había residido en su condición de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario y Secretario de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe. También poseía vastos conocimientos de la poesía negroamericana, bastante cultivada en las Antillas durante las décadas de 1930 y 1940, como se demuestra en el ensayo que sobre el tema publicó en el mismo año en que fue puesto en circulación el poema Yelidá. (2)

Igualmente, y gracias a su estadía en Europa, donde cursó estudios, conoció a muy temprana edad la vanguardia literaria vigente en los años veinte. “En el Viejo Continente – habíamos escrito – Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época (Cubismo, Futurismo, Dadaísmo, etc.) y publicó muchas de sus obras” (3).

Conforme a lo anteriormente indicado, Bruno Rosario Candelier, afamado crítico dominicano, es más explícito al afirmar que:

«Yelidá se produce por el contacto directo del autor con la vanguardia artística en París y por el contacto, directo y en vivo, con la realidad mágica y ritual del vudú en Haití» (4)

Esos conocimientos le permitieron al inspirado bardo tamborileño crear una obra poética de alegórica esencia e inconfundible acento vanguardista, y recrear, por vía de esta, la expresión haitiana de la cultura afroantillana.

Yelidá, desde el punto de vista de su construcción retórica, cumple con todos los rasgos formales de una alegoría (5). Nada en esta obra, en lo que a su contenido respecta, se expresa de manera directa, sino a través de símbolos, originales imágenes e impresionantes y complicadas metáforas que le imprimen al texto un alto nivel de hermetismo que, por lo común, impide que su contenido profundo pueda ser desentrañado cuando se lee por primera vez.

« La adecuación entre significado y significante – escribe al respecto José Alcántara Almánzar -se evidencia en el hábil manejo de las metáforas y el empleo de una simbología no siempre captada en una primera lectura del texto. Junto al uso de un lenguaje en el que abundan metáforas deslumbrantes y numerosas imágenes de increíble originalidad y eficacia – continúa explicando el conocido narrador y crítico literario – el poeta vertebró sabiamente los distintos elementos del texto, logrando una de las más acabadas composiciones épico – líricas del siglo veinte en la República Dominicana…» (6)

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