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De la tarima al celular: cómo cambió la política sin que muchos se dieran cuenta


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La política dejó de depender exclusivamente de tarimas, televisión y periódicos. Hoy, el celular conecta directamente a candidatos y ciudadanos, permite escuchar, medir, movilizar y denunciar. Redes, datos y WhatsApp transformaron la comunicación política, exigiendo autenticidad, ética y capacidad real de conectar con la gente.

Cada clic, cada «me gusta», cada video que te detienes a ver tres segundos más de la cuenta, deja una huella.

Hace unos años, en una reunión de campaña en Santo Domingo Este, escuché a un dirigente decir con toda seriedad que «las redes son para los muchachos». Lo dijo mientras su equipo repartía volantes en una esquina donde, a esa misma hora, más gente estaba viendo TikTok que leyendo papel. Me acordé de esa frase la semana pasada, cuando ese mismo dirigente me escribió por WhatsApp preguntando cuánto costaba «hacer un reel que pegue».

Ese cambio de actitud resume algo que vengo viendo de cerca, tanto en el aula como en el terreno: la política dominicana, y la política en general, ya no se decide únicamente en el mitin ni en la entrevista de televisión. Se decide, en buena medida, en la pantalla que cada ciudadano carga en el bolsillo.

El fin del intermediario

Durante décadas, el político que quería hablarle al pueblo necesitaba un permiso. El permiso se lo daba el productor del programa, el editor del periódico o el director de la emisora. Ellos decidían qué se decía, cuánto duraba y en qué horario salía.

Hoy ese filtro se cayó. Un diputado, un regidor o un aspirante a cualquier cosa puede prender la cámara del teléfono y hablarle directamente a diez mil personas sin pedirle nada a nadie. Eso tiene un lado luminoso: la voz llega sin recortes. Y tiene un lado peligroso: también llega sin verificación. Cuando no hay nadie en el medio, el político se convierte en su propio periodista, su propio editor y, muchas veces, su propio verdugo.

Lo que más me llama la atención es que la gente lo nota. El votante de ahora distingue perfectamente cuándo un mensaje fue grabado con cariño desde un barrio y cuándo fue leído de un teleprónter por alguien que no se cree lo que dice. La autenticidad dejó de ser una virtud opcional; ahora es la entrada al juego.

Los datos saben más de ti que tu propio partido

Aquí viene la parte que a muchos les incomoda, y que yo prefiero decir con claridad porque es a lo que me dedico.

Cada clic, cada «me gusta», cada video que te detienes a ver tres segundos más de la cuenta, deja una huella. Y esa huella, sumada a la de miles de personas, forma un mapa bastante preciso de lo que piensa, teme y desea una comunidad. Las campañas serias ya no adivinan qué le preocupa a la gente de un sector: lo miden.

Con esa información se construyen mensajes a la medida. A la madre joven le hablan de escuelas y de tandas extendidas; al motoconchista, de combustible y de seguridad en la calle; al que acaba de graduarse, de empleo. No es un solo discurso repetido cien veces, sino cien versiones de un mismo proyecto, cada una apuntando a quien más le importa ese tema.

¿Es esto manipulación? Depende de quién lo use y para qué. Una herramienta que sirve para entender mejor a la gente también sirve para mentirle mejor. La diferencia no está en la tecnología, está en la ética de quien la opera. Y en la capacidad del ciudadano de reconocer cuando le están vendiendo humo personalizado.

La calle ahora empieza en un grupo de WhatsApp

Si algo me ha sorprendido en estos años es la velocidad con que la ciudadanía aprendió a organizarse sin esperar a ningún partido.

Una protesta por la falta de agua en un sector, una denuncia por una calle que lleva meses rota, una colecta para una familia que perdió la casa: todo eso arranca hoy en un grupo de chat y en cuestión de horas tiene una etiqueta, un punto de encuentro y cobertura. Lo que antes requería semanas de reuniones y permisos, ahora se convoca antes del almuerzo.

A eso hay que sumarle algo que cambió para siempre la relación entre el poder y la gente: el ciudadano graba. El funcionario que maltrata, el agente que abusa, el contratista que deja la obra a medias, todos saben que hay un teléfono apuntándoles. Esa vigilancia desde abajo no reemplaza a las instituciones, pero las obliga a moverse. Un video de cuarenta segundos ha logrado en esta época lo que muchas cartas formales nunca consiguieron.

Y aunque todavía nos falta camino, ya empiezan a verse consultas, encuestas y espacios de debate que se hacen en plataformas digitales. No son elecciones, claro, pero sí son termómetros que permiten escuchar al ciudadano antes de que llegue el día de votar, y no solo cuando ya es tarde.

Lo que le digo a mis estudiantes

En las clases que imparto sobre community management y marketing digital siempre repito la misma idea, y la repito aquí porque aplica igual para la política: la herramienta no es el mensaje. Tener una cuenta con muchos seguidores no te hace líder, así como tener un micrófono no te hace cantante.

La política digital bien hecha no consiste en publicar más, sino en escuchar mejor. Consiste en usar los datos para entender, las redes para conversar y la movilización para resolver. Quien entienda eso va a conectar con la gente. Quien crea que se trata de comprar seguidores y llenar el feed de fotos retocadas, va a descubrir muy pronto que el votante de hoy tiene el dedo muy rápido para deslizar hacia arriba.

El celular ya cambió la política. La pregunta que queda es si los políticos van a cambiar con él, o si van a seguir repartiendo volantes en una esquina donde ya nadie levanta la vista del teléfono.

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