Opinión

El sueño político de un popi


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Con diversas denominaciones se han referido los teóricos y prácticos del poder a las categorías sociales. Juan Bosch, en un ejercicio pedagógico imperecedero, entendía vital fomentar la “conciencia de clase” y la jerarquización socioeconómica como dinámica transformadora. Aunque sociológicamente la formulación era interesante, políticamente resultó insuficiente. La dialéctica estricta de clases no siempre basta para conquistar la banda presidencial.

Sus contemporáneos y herederos partidarios reconfiguraron el relato. José Francisco Peña Gómez articuló un discurso de épica reivindicativa en torno al “cuando lleguemos”: la promesa de movilidad para las mayorías desposeídas. Y aunque las cúpulas de su propio partido estuvieran dominadas por élites tradicionales, las mayorías encontraban en la figura del líder de origen humilde un aval de legitimidad moral: “¡Miren desde dónde he venido y hasta dónde he llegado!”. Venir de abajo era, en la arquitectura simbólica de la República, un mérito irrefutable. La política funcionaba como un canal de ascenso y legitimación social donde el liderazgo pedía permiso a la sociedad para conducir el Estado.

El siglo XXI, con su vorágine mediática y su pragmatismo líquido, desmontó ese andamiaje. La calle acuñó una dicotomía tan categórica como banal: la separación de la sociedad entre popis y wawawás. Ni siquiera la categoría intermedia de los popiwás logró sostenerse ante la polarización cultural.

En este nuevo ecosistema, Luis Abinader encarna la materialización perfecta del “sueño popi”: la consolidación del poder político como aspiración mayor y hasta natural del capital económico, la herencia familiar y la solvencia empresarial. Ya no se trata de la épica del esfuerzo desde la precariedad, sino de proyectos políticos construidos alrededor de narrativas personales, mercadológicas y coyunturales. El 2020 contó con un electorado fatigado por denuncias de corrupción, decepciones y en medio de una pandemia que alteró completamente la coyuntura electoral, que pareció apostar por la premisa de que quien lo tiene todo no llegará al Estado a despojar a nadie.

Sin embargo, la brecha que separa al residencial del barrio ha comenzado a cerrarse en una paradoja fascinante. Popis y wawawás consumen la misma música, reaccionan a los mismos estímulos digitales y comparten las mismas coordenadas del entretenimiento globalizado.

Es en esta grieta sociológica donde se vislumbra la figura de Santiago Matías (Alofoke) como la contracara disruptiva del mismo fenómeno. Si Abinader representa el liderazgo consolidado desde el patrimonio familiar y el sistema tradicional, ¿Alofoke simboliza la hegemonía del outsider que redistribuye la influencia desde las plataformas digitales? ¿Es la encarnación del wawawá que acumuló un poder mediático y económico capaz de desafiar el monopolio de las élites culturales y políticas?

La interrogante sociopolítica que define este tiempo no es meramente partidaria, sino de representación y profundidad institucional: ¿Puede la cultura digital del hiperconsumo y la inmediatez articular un proyecto político de poder real? ¿Será el discurso de los sectores populares una rebelión contra las cúpulas que durante años los entendieron como audiencia antes que como representación?

Y, sobre todo, ante una generación de identidad compleja: ¿aspiran realmente ambos extremos de la sociedad a transformaciones distintas, o el residencial y el barrio terminaron soñando con lo mismo? ¿Se trata, al final, del poder por el poder?

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