La nación extendida, cinco años después

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RESUMEN
Durante demasiado tiempo hemos aprendido a mirar la diáspora dominicana a través de unas pocas cifras: cuánto dinero envía, cuántos se empadronan y cuántos finalmente votan. A veces agregamos otra medida menos rigurosa: cuánto ruido hace en las redes sociales.
Es una manera demasiado pobre de pensar a una parte de la nación que hace tiempo desbordó nuestras fronteras.
Este septiembre se cumplen cinco años de la presentación de la Primera Agenda Integral de Cooperación y Desarrollo entre la Diáspora Dominico-Americana y el Gobierno de la República Dominicana. La iniciativa fue impulsada por el congresista Adriano Espaillat y construida con el trabajo de profesionales, académicos y empresarios de la diáspora, liderada por Rodolfo Pou, presidente de Diáspora & Development Foundation (DDF), y sistematizada por la economista María Victoria Abreu.
El trabajo técnico organizó 38 propuestas alrededor de cuatro pilares: Productividad, Gobernanza, Educación y Salud. Incluía fondos de inversión, participación electoral, profesionalización diplomática, modernización consular, homologación de títulos, educación bilingüe, intercambio universitario y cooperación sanitaria.
Cinco años después corresponde preguntar qué ocurrió.
Hay avances. El padrón del exterior pasó de unos 595 mil electores en 2020 a 863,785 en 2024. Sin embargo, apenas votó el 19 % de los inscritos. Creció la capacidad formal de votar; no en igual proporción la voluntad de hacerlo.
Las remesas cuentan otra historia. En 2025 alcanzaron US$11,866.3 millones y entre enero y julio de 2026 sumaban US$7,316.4 millones. Sabemos con extraordinaria precisión cuánto envía la diáspora; mucho menos cuánto conocimiento puede transferir, cuánto puede invertir o cuántas redes puede activar.
Esa era quizá la intuición más importante de aquella Agenda: entender al dominicano en el exterior no solo como remitente de dinero, visitante navideño o votante potencial, sino como parte de una reserva de capital humano, intelectual, económico y relacional.
Reactivar aquel esfuerzo no significa regresar nostálgicamente a 2021. Significa determinar cuáles recomendaciones se cumplieron, cuáles avanzaron parcialmente, cuáles permanecen pendientes y cuáles necesitan reformularse.
El mundo también cambió. Hoy habría que incorporar temas como nearshoring, inteligencia artificial, trabajo remoto, circulación del talento, emprendimientos transnacionales, inteligencia cultural y nuevas formas de inversión.
El Gobierno está en la segunda mitad de su mandato. Hay tiempo para convocar a quienes elaboraron aquella propuesta y, junto al Mirex, el Index, la JCE, universidades, empresarios y la propia diáspora, abrir un nuevo diálogo: revisar las recomendaciones y priorizar objetivos posibles antes de 2028, con responsables, fechas e indicadores.
La relación entre la República Dominicana y su diáspora no puede limitarse a celebrar las remesas, lamentar la abstención electoral o recordar a los dominicanos en el exterior cuando alguna controversia se vuelve tendencia.
La nación dominicana también vive fuera de la isla.
Cinco años después, la pregunta ya no es cuánto aporta nuestra diáspora. Eso lo sabemos. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a hacer con todo lo que puede aportar.
La nación extendida no puede, ni merece, seguir esperando.





