Ministerio de Cultura: Presupuesto mínimo, visión limitada y el silencioso temor a una ciudadanía que piense

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RESUMEN
En la República Dominicana la cultura atraviesa todas las dimensiones de la vida social, pero ocupa uno de los últimos lugares en la jerarquía presupuestaria del Estado. Esa contradicción no me parece casual ni inocente. Más bien me obliga a hacerme una pregunta: ¿estamos ante un problema de visión, de modelo de desarrollo… o ante una relación más compleja —y quizá más incómoda— entre cultura, pensamiento y poder?
Hay una paradoja que no deja de inquietarme: la cultura es, probablemente, el elemento más determinante en la construcción de una nación y, sin embargo, sigue siendo uno de los espacios menos financiados por el Estado. No lo digo desde una intuición romántica ni desde una defensa automática de las artes. Lo digo desde algo más concreto: basta mirar el presupuesto nacional y compararlo con el peso real que la cultura tiene en nuestra vida cotidiana. Porque la cultura no es solamente lo artístico. Es el lenguaje con el que nos entendemos, la forma en que nos relacionamos, la manera en que comemos, vestimos y celebramos. Es, en términos más amplios, el conjunto de significados compartidos que hace posible la vida en común. Y, aun así, cuando uno observa las prioridades del Estado dominicano, esa centralidad simplemente desaparece.
El presupuesto del Ministerio de Cultura se mueve entre los RD$4,000 y RD$5,000 millones dentro de un gasto público que supera con creces el billón de pesos. En términos relativos, estamos hablando de menos de medio punto porcentual del presupuesto nacional. Mientras tanto, sectores como defensa, infraestructura o turismo reciben asignaciones muy por encima de esa cifra. Dicho sin rodeos: ahí se ve con bastante claridad qué se considera importante… y qué no. Y entonces la pregunta cambia: ya no es si la cultura es importante —porque eso lo sabemos—, sino por qué el Estado insiste en tratarla como si no lo fuera.
Pensamiento, poder e invisibilidad
Creo que una parte de la respuesta está en algo que rara vez se dice abiertamente: la cultura forma pensamiento. Y el pensamiento, cuando se ejerce de verdad, incomoda. Un ciudadano con acceso a procesos culturales sólidos no es un sujeto pasivo. Es alguien que interpreta, que recuerda, que compara, que cuestiona. Y ese acto de pensar —cuando es auténtico— pone en tensión lo establecido.
Visto así, lo que muchas veces se presenta como debilidad de la política cultural empieza a dejar de parecer un simple descuido, porque es un compotamiento sistémico. Aquí es donde, a mi juicio, hay que ir un poco más profundo. El filósofo Louis Althusser planteaba que el Estado no opera únicamente a través de sus mecanismos visibles de coerción —la policía, el ejército, la ley—, sino también mediante lo que denominó los aparatos ideológicos del Estado: la escuela, la familia, los medios de comunicación, la cultura.
Estos aparatos no actúan de manera violenta. No necesitan hacerlo. Operan de forma silenciosa, casi imperceptible, moldeando la forma en que pensamos, lo que consideramos normal, lo que aceptamos como posible. Son, en ese sentido, una forma de poder invisible. Un crimen incorpóreo.
Y aquí me resulta inevitable pensar en la imagen que propone Haffe Serulle en su novela Crimen incorpóreo: un cadáver, una acción sin cuerpo, sin rostro, sin evidencia tangible, pero profundamente eficaz en la manera en que organiza la conciencia y la realidad. Nadie lo ve operar. Pero está ahí, permeándolo todo.
Cuando uno mira desde ese lugar, instituciones como el Ministerio de Cultura o el Ministerio de Educación dejan de ser simples espacios administrativos. Forman parte de un entramado que, consciente o inconscientemente, organiza el horizonte de pensamiento de la sociedad. Y entonces la pregunta cambia de dimensión: si esos aparatos ideológicos contribuyen a reproducir el orden existente, ¿qué ocurre cuando la cultura —que es precisamente el espacio donde puede surgir el pensamiento crítico— se debilita, se subfinancia o se reduce a espectáculo? La respuesta, aunque inquietante, parece bastante evidente: se reduce también la capacidad crítica de la sociedad.
En ese marco, la cultura no desaparece, pero tampoco se potencia. Se mantiene en un nivel funcional, por decirlo de algún modo. Existe, sí… pero no termina de transformar. Y ahí es donde, al menos para mí, la debilidad de la política cultural deja de parecer un simple error administrativo y empieza a leerse como parte de una lógica más compleja: no impedir la cultura, pero tampoco permitir que despliegue toda su capacidad de generar pensamiento crítico.
Producción cultural y desconexión del Estado
A eso se le suma en nuestro país algo más concreto: la gestión. Muchas veces la política cultural se reduce a eventos, a festivales, a actividades que generan visibilidad inmediata, pero no construyen procesos. Se confunde cultura con programación cultural, y en ese desliz se pierde lo esencial. Y tampoco puedo dejar de señalar algo que me parece importante: quienes han tenido la responsabilidad de dirigir la política cultural, en la mayoría de los casos, no han logrado romper con esa misma lógica. Salvo excepciones, se ha reproducido la visión limitada del propio Estado, ya sea por falta de comprensión o, a veces, por simple adaptación a lo que ya existe.
Cuando miro hacia otros países de América Latina, veo que la situación dominicana no es única, pero sí bastante reveladora. En la región, el gasto en cultura suele moverse entre 0.3% y 1% del presupuesto nacional. Pero hay algo que me interesa desmontar, porque lo he escuchado demasiadas veces: la idea de que la cultura no produce. La cultura sí produce. Y produce mucho.






