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Peces atrapados entre la contaminación y la irresponsabilidad comunitaria en el río Licey


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LICEY AL MEDIO, SANTIAGO.— Una imagen que debería llamar profundamente la atención de las autoridades y de la ciudadanía muestra a varios peces pequeños agrupados en una esquina del río Licey, en medio de un escenario marcado por la acumulación de basura, plásticos y otros desechos que amenazan la vida acuática y la salud de las comunidades cercanas.

Al observar la escena, resulta inevitable preguntarse qué está ocurriendo debajo de esas aguas. Los peces permanecen prácticamente apilados en un mismo espacio, como si buscaran refugio de alguna condición adversa existente en el cauce. La presencia de residuos sólidos alrededor convierte el lugar en una preocupante evidencia del deterioro ambiental.

El río Licey constituye un importante cuerpo de agua de la región Norte de la República Dominicana. Su contaminación no solo representa una amenaza para los ecosistemas y las especies que dependen de sus aguas, sino también para las comunidades que conviven con este recurso natural.

Mis ojos se posaron en cada funda de basura, en cada botella y en cada objeto plástico arrojado al entorno. Lo que para algunos puede parecer un simple desperdicio, para la naturaleza representa una amenaza acumulativa que termina afectando los peces, la vegetación, la calidad del agua y, finalmente, a los propios seres humanos.

Lo más preocupante es que buena parte de estos desechos no llegan solos al río. Son colocados por personas de las propias comunidades, quienes posteriormente demandan de las autoridades agua potable, limpia y condiciones dignas para vivir. Existe, por tanto, una contradicción que debe ser enfrentada con responsabilidad: no podemos exigir un ambiente saludable mientras contribuimos directamente a su destrucción.

Las demandas comunitarias son legítimas cuando buscan soluciones a problemas reales, pero cualquier reclamo pierde fuerza moral cuando quienes exigen respuestas a las autoridades también contaminan los recursos naturales que pertenecen a todos.

La contaminación del río Licey debe servir como una llamada de atención. Las autoridades correspondientes tienen la responsabilidad de actuar, pero la ciudadanía también debe asumir la parte que le corresponde. La limpieza de un río no puede convertirse únicamente en una jornada ocasional; requiere educación ambiental, vigilancia, sanciones cuando correspondan y, sobre todo, un cambio de conducta.

Antes de reclamar agua limpia, calles limpias y comunidades saludables, también debemos preguntarnos qué estamos haciendo cada día para conservarlas.

El río no tiene voz para reclamar. Los peces tampoco pueden exigir sus derechos. Pero estas imágenes hablan por ellos.

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