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Turistas del exterminio: pagaron por cazar humanos en Sarajevo. ¡Por los niños pagaban más!


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Un ejercicio brutal de honestidad

Hagamos un ejercicio brutal de honestidad: Europa no se escandaliza porque haya muertos. Se escandaliza cuando alguien se atreve a recordarle quién apretó el gatillo, quién pagó la bala y quién miró desde el balcón.

La investigación abierta por la fiscalía de Milán sobre los “safaris humanos” en Sarajevo no revela solo un crimen. Revela una mentalidad. Una clase social. Una época que preferimos fingir que fue un mal sueño.

El safari humano: millonarios a la caza de civiles

Hombres ricos, europeos, educados, bien vestidos, tomaban un vuelo desde Italia hacia la guerra de Bosnia para hacer turismo de exterminio.

Pagaban entre 80.000 y 100.000 euros por un fin de semana como francotiradores de alquiler. Por disparar a un niño, se pagaba más. La infancia como trofeo premium de la cacería.

Y no eran solo italianos. Las denuncias y los testimonios hablan de ricos de varios países occidentales: italianos, sí, pero también estadounidenses, canadienses, rusos, gente con pasaporte “respetable” y el alma podrida.

Algunos ligados a la extrema derecha, otros camuflados como simples aficionados a las armas. Todos compartiendo el mismo lujo indecente: viajar a una ciudad sitiada para matar civiles por deporte.


Derechos de autor Forrás: YouTube/@Eduard Limonov

No eran monstruos salidos de una película. Eran empresarios, propietarios de clínicas, profesionales, ciudadanos intachables en su ficha social.

Volvían el lunes a su oficina, a sus rutinas diarias, a sus cenas familiares. Nadie notaba que, hacía 48 horas, se habían recostado cómodamente sobre un fusil para ver cómo una persona caía en mitad de una avenida. Eso no es una anécdota. Es un espejo.

Sarajevo sitiada: la avenida donde la gente se convirtió en blanco

Sarajevo, entre 1992 y 1996, fue una ciudad sitiada por las milicias serbobosnias. La supuesta “defensa de la Europa cristiana” justificó bombardeos, limpiezas étnicas, campos de concentración.

Es el mismo argumento que hemos escuchado una y otra vez: ellos son el peligro, nosotros somos la civilización.

En ese contexto, la Avenida de los Francotiradores se convirtió en un corredor de muerte. Desde las colinas, los tiradores disparaban contra civiles indefensos: gente que iba por agua, por pan, por un poco de normalidad.

Un soldado bosnio con un niño en brazos y otra mujer llevando también un niño, cruzan una calle a la carrera para evitar los disparos de los francotiradores, en Sarajevo, el 29 de junio de 1995.

La acusación ahora es precisa: a esos francotiradores locales se les unieron cazadores de lujo. Italianos acomodados, simpatizantes de grupos ultraderechistas, y también extranjeros adinerados —entre ellos estadounidenses— que viajaban a la ciudad sitiada para matar seres humanos como quien paga por cazar jabalíes.

No iban a “ver la guerra”. Iban a participar en ella como si fuera una experiencia extrema de fin de semana. Una aventura para coleccionar historias que jamás contarían en público.

La frase “motivos abyectos”, que aparece en el expediente, es un eufemismo. Lo que había ahí era algo más simple: placer.

Leyenda urbana, archivos cerrados y el arte de mirar hacia otro lado

Treinta años después, Europa y Occidente vuelven a fingir sorpresa. Se horrorizan ante la palabra “safari humano” como si no supieran que la guerra en su propio continente fue, durante años, un circo en el que demasiados actores hicieron negocio.

La investigación italiana existe porque las autoridades bosnias, en un país todavía roto y dividido, archivaron el caso.

La justicia serbia lo calificó como “leyenda urbana”. Los que mataron desaparecieron de la escena pública, quedaron fuera del foco, fuera de pantalla, sin ser señalados ni juzgados. Los que miraron, también.

Del otro lado del Atlántico, alguna voz aislada se atreve a preguntar cuántos ricos oligarcas de distintas nacionalidades jugaron a ser dios en Sarajevo, confiados en que su crimen quedaría impune.

El sistema responde con lo de siempre: prudencia, burocracia, silencio. Cuando el acusado puede tener traje, bandera y donaciones de campaña, la verdad estorba.

No es solo un problema jurídico. Es un guion político: si basta con llamar “leyenda” a la barbarie, nadie será responsable.

Del safari de Sarajevo al turismo de guerra sobre Gaza

Y ahora, miremos a Gaza. Mientras organismos y expertos internacionales discuten la palabra “genocidio”, mientras se cuentan miles de muertos y barrios borrados del mapa, en las colinas cercanas y en los puntos elevados del sur de Israel algunas personas se reúnen para ver la guerra.

Les llaman tours, miradores, experiencias. Hay agencias que venden la “vista” de la Franja como si fuera un paisaje exótico. La gente llega con binoculares, teléfonos, bebidas. Miran cómo caen las bombas, señalan, comentan.

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