Opinión

Un mundo de paz es necesario


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Por: Rafael A. Escotto

A Rodolfo Cruz Guerrero, Rafhael Canaan Rizek, Adalberto A. Ramírez, Guillermo Torres Corsino, Carlos Escotto y Braulio Rodriguez.

El título de este trabajo es tan solo un concepto. La paz para los romanos se impuso parcialmente por medio de conquistas, y parcialmente por el posicionamiento de las tribus dentro de ellas mismas. A ver: la pacificación de Europa y del Norte de África se logró por la creación de un imperio y por imposición del Derecho Internacional, llamado jus Gentium.

Para los italianos y los franceses la paz se basó en someter a un pueblo, una villa o una comuna dentro de Europa. Por tanto, el significado de la palabra pax Romana sugiere un poder superior que frecuentemente aparece como una bendición, a propósito de un principio de legalidad.

Esta misma idea estaba en la llamada pax Britanica durante los siglos XVIII y XIX y todavía persiste en forma de  Commonwealth, aun cuando se ha reducido su capacidad de poderse consolidar como un sistema político y legal separado. Tenemos además la pax Russica que existió en Europa Central—sin ninguna regla jurídica–, se impuso mediante la coacción.

En la Europa medieval hubo una pax Dei (paz de Dios) a la que se invocó o más bien se impuso de vez en cuando. Se adoptó para ponerle fin a las guerras por la amenaza del castigo espiritual y para proteger a ciertas categorías de no contractuales en periodo de guerra. Fue, más bien, anterior al derecho moderno de neutralidad, ampliamente administrado por la iglesia. Hay que distinguirla de la truega Deis o «tregua de Dios.»

Dentro del derecho Internacional la paz significa la relación normal entre los estados. Siempre se han propuesto proyectos de construcción para la paz. Por ejemplo, el sacerdote católico, fundador de las Comunidades de Emaús, quien consagró toda su vida al servicio de los más pobres y desfavorecido y ayudó a atravesar la frontera a decenas de judíos que huían de las persecuciones del nazismo, Abbé de Saint-Pierre, «el apóstol de los sin techo», en 1773 propuso una Alianza Perpetua de los estados cristianos en Europa.

El filósofo y jurista londinense Jeremias Bentham, en 1789, planteó la creación de un Tribunal internacional de justicia y una legislatura común y Emmanuel Kant, cuyas propuestas son quizás las más interesantes, concebía la paz perpetua como una exigencia de reorganización y armonización de las constituciones de todos los beligerantes potenciales.

Kant pensaba que todos los estados debían ser repúblicas sometidas a un derecho público basado en una federación de estados libres. La base de esa ley sería el imperativo universal —aceptable para todos los seres racionales— y la única expresión verdadera de la libertad. La ley proporcionaria entonces una garantía automática de libertad a todos los que se sometan a ella, y la causa de la beligerancia dejaría de existir.

La inclusión de disposiciones destinadas a garantizar los derechos humanos universales en los acuerdos modernos encaminados a la paz -como el acuerdo de Helsinki- puede considerarse en parte un ejemplo de la idea subyacente de Kant.

Hasta la coexistencia pacífica de Trotsky, los movimientos socialistas internacionales también asumían que la paz perpetua sólo podía lograrse mediante la transformación social y política completa de todos los beligerantes potenciales y el alineamiento en torno a un principio común.

Resulta difícil dar una definición positiva de la paz. Hay infinitos matices, desde la paz absoluta del amor recíproco en la seguridad interior, hasta los odios intestinos de la guerra civil. En el derecho internacional se establece que la ausencia de beligerantes no es suficiente para la paz, sino sólo necesaria, lo que refleja una intuición de la existencia cotidiana.

La idea de la tranquilidad personal pura trae consigo la noción de un descanso completo de todos los propósitos que nos consumen. Los poetas nos han dado indicios de esta condición, pero es poco probable que el pensamiento político pueda hacer algo más que perturbarla.

En conclusión, la guerra, con sus propósitos limitados, es sólo una de las muchas actitudes hostiles contra la paz, en las que la idea de un propósito dominante pone orden en la conciencia fragmentada y cambia las pequeñas frustraciones por elecciones absolutas entre la vida y la muerte.

 

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