75 años de Ferias del Libro de Santo Domingo (1951-2026)

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RESUMEN
No existe una historia actualizada del principal evento cultural dominicano, declarado incluso Marca País: La Feria del Libro, porque la información crucial está dispersa en informes y programas que hay que verificar y sistematizar, pero es posible hacer un esbozo que delineé su trayectoria.
El proyecto de Feria del Libro fue el resultado de la insistencia y la constancia de un librero, pastor y editor: Julio D. Postigo, que no abandonó su propósito de que el gobierno declarara el 23 de abril de cada año Día Nacional del Libro, con algunas actividades para conmemorarlo. De aquella terquedad salió, setenta y cinco años después, la mayor fiesta cultural dominicana.

Un resumen
- El creador del evento: el librero y pastor de la Primera Iglesia Evangélica Dominicana Julio Postigo, entre 1950 y 1951, fundador de la Librería Dominicana.
- El principal promotor desde los medios: Rafael Herrera, desde el Listín Diario.
- El primer director: el doctor Raymundo Amaro Guzmán, desde una oficinita en el edificio al que el habla popular llamó El Huacal, en tiempos del doctor Balaguer, un estadista que respaldó el proyecto y lo impulsó en su fase inicial.
- El internacionalizador: José Rafael Lantigua, que le dio sus nuevas dimensiones.
- La que perfeccionó sus objetivos: Ángela Hernández, que redefinió el programa y sus proyectos.
- Hoy: Roberto Salcedo, Ramón Pastor de Moya, Aquiles Julián y Nan Chevalier reafirman su perfil y procuran ampliar su perspectiva.
1950: el inicio
El punto de partida debe situarse en 1950, cuando el librero y pastor evangélico Julio D. Postigo Arias, propietario de la Librería Dominicana y posteriormente de la Librería Hispaniola, promovió que el 23 de abril fuera reconocido como Día del Libro en la República Dominicana.
Ese hombre menudo fue figura fundamental para la promoción del libro dominicano. Además de su actividad como librero, impulsó la conocida colección Pensamiento Dominicano y propuso incluso la creación del Premio Pedro Henríquez Ureña al libro más destacado editado el año anterior, proyecto que tardó en concretarse, pero que es ya una realidad.
La iniciativa desembocó en 1951 en la celebración de la primera Feria Nacional del Libro, realizada en el Parque Colón, en la Ciudad Colonial de Santo Domingo, y extendida hasta las arcadas del Palacio Consistorial, sede de la Alcaldía. Fue un acontecimiento todavía modesto, acorde con un país de mercado editorial y librero pequeño, pero significó algo fundamental: el libro empezó a ser concebido como un instrumento de encuentro social y cultural.

Conviene distinguir las dos fechas. El concepto nace en 1950 —la iniciativa y el decreto presidencial que establece el Día del Libro— y no es sino hasta 1951 cuando se monta la primera feria.
La feria de la dictadura
Durante la década de 1950, las ferias se realizaron con relativa modestia y sin continuidad absoluta. La dictadura de Rafael Leónidas Trujillo utilizó también determinadas manifestaciones culturales dentro de su política de exaltación del régimen, como ocurrió con la Feria Iberoamericana del Libro «María Martínez de Trujillo», celebrada en 1955 dentro de la gigantesca Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre, para conmemorar el 25 aniversario de la satrapía.
No fue un evento como lo conocemos hoy. Las delegaciones de los países participantes recibieron la orientación de traer una colección de libros para exponerlos en un espacio designado: más una exposición bibliográfica que una feria con sentido de intercambio y venta de títulos.
Aquella feria duraría lo mismo que la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre —un título, hay que reconocerlo, con un tono genial de marketing político—. Fue inaugurada el 20 de diciembre de 1955 y el programa original establecía actividades hasta el 27 de febrero de 1956. Constituye un episodio fundamental, y poco estudiado, de la historia de las ferias del libro dominicanas. La comisión estuvo presidida por Armando Óscar Pacheco, entonces secretario de Estado de Educación, y tuvo como secretario a Manuel de Jesús Goico Castro.
Luego llega un período de ausencia. La Feria Nacional del Libro sufrió interrupciones en 1956, 1957, 1959 y 1960, en medio de la convulsa situación política del final de la dictadura. La última edición de aquella primera etapa se celebró en 1961, año de la muerte de Trujillo. Después hubo intentos de recuperación, pero la continuidad volvió a quebrarse y la actividad terminó suspendiéndose en 1968.
1970: la reorganización
La gran reorganización se produce entre 1970 y 1973. La preocupación por la no celebración comenzó a tomar cuerpo al inicio del segundo período del presidente Balaguer, que no había tenido oportunidad de ocuparse del tema desde su toma de posesión en 1966.
En 1970 se organizó la Exposición Mundial del Libro y Festival Internacional de la Cultura, un acontecimiento de mayores dimensiones que las ferias anteriores, con la dirección del arquitecto José A. Caro Álvarez y la coordinación operativa de Jiménez Cohén. Aunque no tuvo continuidad como feria anual, dejó una experiencia organizativa importante.
1973, el año decisivo
Es el tiempo de la institucionalización. El presidente Joaquín Balaguer, mediante el Decreto núm. 4331 del 11 de marzo de 1973, creó la Comisión Organizadora Permanente de la Feria del Libro, presidida por Rafael Herrera, director del Listín Diario, con el doctor Jorge Tena Reyes como secretario y Julio Postigo, el precursor de la iniciativa, como tesorero. La Feria volvió a celebrarse formalmente en 1973, con sede en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.

El evento se siguió celebrando sucesivamente en el Museo del Hombre Dominicano, el Palacio de Bellas Artes, el Museo de Historia y Geografía, la Fortaleza Ozama y, a partir de 1983, en la Plaza de la Cultura. La celebración empezó a adquirir una dimensión institucional mucho mayor.
Rafael Herrera, o el papel de un periódico
Hay que hacer un alto en la figura de Rafael Herrera, fundamental para comprender la etapa 1973-1980. Él comenzó a promover la idea desde sus editoriales del Listín y mediante contenidos especiales. Había conocido en el exterior, particularmente en España, lo que era una feria del libro como espacio de interacción de escritores, libreros y lectores, y era un entusiasta de la idea.
Sin su papel desde el Listín Diario, que entonces era el medio de mayor influencia en la opinión pública, la Feria del Libro no habría tomado el curso que finalmente adoptó.
La Feria dejó de ser solamente una iniciativa de libreros y escritores y comenzó a convertirse en una política cultural permanente del Estado. Durante esta etapa se fortaleció también la costumbre de dedicar cada edición a una figura importante de las letras dominicanas, reconociendo sucesivamente a:
Flérida de Nolasco · Juan Pablo Duarte · Manuel de Jesús Troncoso de la Concha · Tulio M. Cestero · Eugenio María de Hostos · Héctor Incháustegui Cabral · Domingo Moreno Jimenes · Pedro René Contín Aybar · Fernando Arturo de Meriño · Pedro Henríquez Ureña · Vetilio Alfau Durán · Máximo Gómez · Manuel Arturo Peña Batlle · Máximo Avilés Blonda · Ercilia Pepín · Camila Henríquez Ureña · Salomé Ureña.
Esto produjo uno de los efectos culturales más importantes de la Feria: convertir la historia intelectual dominicana en materia de divulgación pública.

Pedro Bisonó, 1978-1985
En 1978, Jorge Tena Reyes fue sustituido en la Comisión Organizadora por Pedro Bisonó, propietario de la Librería América —librero de tradición, con un punto comercial de referencia en la Ciudad Colonial—, quien permaneció en esa responsabilidad hasta 1985. Se iniciaba una etapa en la cual la Feria comenzaba a funcionar como una especie de mercado cultural nacional.
Raymundo Amaro Guzmán, 1985-1990: la profesionalización
En 1985, durante el gobierno de Salvador Jorge Blanco —que decidió, por continuidad de Estado, mantener el respaldo al evento—, se produjo una nueva reestructuración. Mediante el Decreto núm. 2968 se designó una Comisión Organizadora presidida por Raymundo Amaro Guzmán, mientras Rafael Herrera pasó a ser presidente de honor. El poeta Cándido Gerón sustituyó a Jorge Tena Reyes como secretario. La comisión integró, entre otros, a Julio Postigo, Emilio Rodríguez Demorizi, Bernardo Vega, Pedro Troncoso Sánchez, Máximo Avilés Blonda, Marianne de Tolentino y José Luis Corripio.
Amaro Guzmán, que procedía de la Dirección de Planificación y Administración de Personal, era un apasionado del libro, profesional de formación cultural y maestro. Fue asistido por Maritza Pérez Gimbernard y le asignaron dos oficinas en el piso once del Edificio de Oficinas Públicas que el habla popular bautizó como El Huacal, en referencia al envase para trasladar botellas. Y aquí conviene la nota al pie: «botella», en el Gobierno, es quien cobra sin trabajar —que no era el caso de Amaro Guzmán ni del equipo que montó durante años la Feria en la Plaza de la Cultura. Es una figura que merece mayor reconocimiento en esta historia. Bajo su conducción, el evento adquirió mayor estructura administrativa.
En 1987, el Decreto núm. 183-87 otorgó a la Comisión Permanente carácter de jurisdicción nacional, la adscribió a la Presidencia de la República y la convirtió en un órgano de derecho público con autonomía funcional y administrativa. Esto fue trascendental: la Feria dejó de ser una actividad cultural ocasional para adquirir una estructura institucional propia dentro del Estado dominicano.
Plaza de la Cultura, 1983-1995
En 1983 la Feria encontró la sede que terminaría convirtiéndose en su gran espacio histórico: la Plaza de la Cultura Juan Pablo Duarte, donde permaneció hasta 1995, convirtiéndose en uno de los principales acontecimientos culturales anuales de Santo Domingo.
La Plaza era el espacio ideal: permitía exposiciones, puestos para librerías, conferencias, presentaciones de libros, actividades infantiles, teatro, música, artes visuales e instituciones culturales. Esas condiciones llevaron a que la Feria dejara de ser solamente una feria comercial del libro y se transformara en un festival multidisciplinario de la cultura. Fue el período en que se instalaron las primeras casetas de lona y madera prensada, que sirvieron durante años pero se deterioraban a la vuelta de un par de temporadas.

1996, la crisis
En 1996 la Feria no pudo celebrarse por falta de apoyo financiero gubernamental. Sucedió, increíblemente, en un gobierno presidido por Joaquín Balaguer, que terminó su período el 16 de agosto para dar paso al régimen que lideraba Leonel Fernández, otro presidente lector y escritor.
Aquello puso en evidencia una de las debilidades históricas del acontecimiento: su enorme dependencia de las decisiones presupuestarias del Estado. La interrupción fue particularmente significativa porque se produjo después de 23 años de celebración anual ininterrumpida desde 1973.
Lantigua: el punto de inflexión, 1997-2000
Si hubiera que escoger una figura decisiva en la transformación de la Feria Nacional en la moderna Feria Internacional del Libro, esa persona sería José Rafael Lantigua. Leonel Fernández firma el Decreto núm. 44-97, se reformula la Comisión Permanente y se produce un cambio profundo en organización, filosofía, objetivos, programación, promoción y dimensión internacional.
Lantigua asumió la dirección de esta nueva etapa y logró que el evento evolucionara hacia su primer ensayo internacional, con la convocatoria de unas 40 editoriales de ocho países: España, México, Venezuela, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Puerto Rico y Cuba.

Se apoyó en sus relaciones culturales para traer al país a Eduardo Galeano, Julia Álvarez, Junot Díaz, Luis Rafael Sánchez y Luis Sepúlveda, entre otros, que representaban lo mejor de la producción literaria latinoamericana. Los escritores dominicanos tuvieron oportunidad de intercambiar con ellos y enriquecerse de sus experiencias y escritos.
Lantigua tomaba tan en serio la Feria como su evento insignia que instaló un furgón con aire acondicionado para dormir y trabajar de noche, una vez que la Feria cerraba sus jornadas. Se colocaba detrás de las oficinas de la Feria, entre el Paraboloide y el Museo de Arte Moderno. Es el único titular de Cultura que ha hecho eso.
Su objetivo era tener conocimiento, control y acción, sobre todo mediante sus funcionarios a cargo de cada área. La internacionalización fue un éxito gracias a ese celo y a un seguimiento cuidadoso.
Lantigua creó el sistema de áreas con coordinadores a cargo. Estableció y bautizó nuevos espacios de exhibición, fomentó la llegada de editores y firmas internacionales para comercializar el libro dominicano y estableció espacios para negocios. Fortaleció la línea de países invitados, hizo más selectiva la definición de los escritores homenajeados y amplió los reconocimientos a los creadores: puso nombres de autores nacionales a las calles del campus de la Feria y determinó que cada día se abriera con el bautizo de una calle y un programa de actos dedicado a ese creador.
De dónde vinieron
La internacionalización tiene una geografía, y no es la que suele suponerse. Contadas las menciones de procedencia del listado que sigue —530 en total—, el primer origen de invitados no es España ni México: es Puerto Rico, con 107, casi el doble que el segundo. Detrás, Cuba (62) y México (56). El Caribe es el corazón; el mundo, la escala.

Y hay un dato que el cartel no destaca y merece decirse en voz alta: Haití aparece 21 veces, por delante de Francia (19) y de España (18). El vecino con el que se comparte la isla es el noveno origen de escritores invitados a la Feria, y el cuarto del Caribe. No es poca cosa para dos países a los que se les supone de espaldas.






