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“Agua sí, oro no”: la consigna que puso en jaque el modelo minero de República Dominicana.


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En la noche del pasado 4 de mayo, el presidente de República Dominicana, Luis Abinader, hizo algo poco frecuente en América Latina: detener una exploración minera que todavía no había sido rechazada técnicamente, pero que ya había perdido legitimidad social. Su decisión suspendió el proyecto Romero, impulsado por la empresa canadiense Goldquest en la provincia de San Juan de la Maguana, al suroeste de República Dominicana, tras años de protestas y presión comunitaria creciente en las últimas semanas. La consigna terminó convirtiéndose en símbolo nacional: “Agua sí, oro no”.

“Esta decisión se fundamenta en el estricto cumplimiento de la Ley 64-00 de Medio Ambiente y Recursos Naturales”, declaró Abinader en una alocución difundida a través de las redes sociales. “Ante un rechazo social mayoritario de un proyecto de esta magnitud, su continuidad carece de viabilidad social”, puntualizó. Así, el anuncio transformó un conflicto local en un debate nacional sobre minería, agua, inversión extranjera y confianza institucional. Y es que en San Juan la discusión no solamente trata sobre el oro. La demanda de las protestas no era un simple eslogan: era una forma de nombrar un miedo.

Conocida como el “granero del sur”, la provincia produce alrededor del 92% de las habichuelas de consumo nacional, según datos de la Dirección General Suroeste del Departamento de Economía Agropecuaria de 2025, así como otros cultivos que abastecen al país. Además, el río San Juan alimenta la presa de Sabaneta, de la que dependen 30.000 hectáreas agrícolas y comunidades enteras justo en una región marcada por largos períodos de sequía. Precisamente, a pocos metros de su cuenca, es donde se buscaba eventualmente la explotación del proyecto, que colinda con áreas protegidas como los parques nacionales José del Carmen Ramírez y Armando Bermúdez.

En San Juan el agua se reparte por turno. “Tandeo”, le llaman los agricultores. Un día le toca a uno; al día siguiente, a otro. Bajo esa realidad, cualquier intervención en la cuenca alta del río se ve como una amenaza existencial. “El agua aquí no es solo un recurso, es la base de todo”, explica Manuel Matos, agricultor y dirigente del movimiento Suroeste Unido por el Agua y la Vida.

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