Balaguer: 120 años entre el algoritmo y el olvido

Analizando noticia con IA…espere un momento
RESUMEN
El próximo primero de septiembre, el calendario nacional marcará una cifra redonda: 120 años del natalicio del doctor Joaquín Balaguer. Sin embargo, al observar el panorama actual, no podemos evitar la sensación de que, al igual que el coronel garciamarquiano, Balaguer -el intelectual de prosa pulida y el político de instinto felino- no tiene quien le escriba.
Resulta paradójico. Mientras la academia y la política tradicional parecen haberlo confinado a un rincón de la historia “superada”, el viejo caudillo vive un proceso de resignificación en la memoria digital. Desde aproximadamente el 2015, los algoritmos de TikTok e Instagram han hecho lo que sus sucesores no pudieron: devolverle la vigencia. Allí, entre reels y fragmentos de baja resolución, Balaguer asombra a una juventud que apenas acierta decir su nombre, pero que se detiene ante el magnetismo del mejor orador que ha pisado la Asamblea Nacional.
El hombre que jamás imaginó un teléfono inteligente es hoy el contenido más punzante de la red. Es el retorno del único líder auténtico de la derecha criolla, rescatado del olvido por un algoritmo que premia la autoridad que a la política actual le falta.
Desde el fondo de la historia, sus palabras parecen decir exactamente lo que hoy quiere escuchar nuestra sociedad.
Sin embargo, el contraste es desolador cuando se mira a quienes dicen custodiar su legado. Por lo regular la celebración de sus efemérides no pasan de un rosario de misas, algunas en su Navarrete natal (lugar que el propio doctor jamás reivindicó en vida) y que revela una desconexión absoluta con el prócer.
Sus enemigos, mucho más feroces después de verlo muerto, parecían celebrar el triunfo de ser juzgadores de la historia, en ese facilismo de “buenos y malos” con el que se suele pasar balance a nuestros hechos y personalidades.
Los que menos se parecen a Balaguer son los balagueristas.
A los actuales los devora el ego y la inmediatez. Olvidan que el poder de Balaguer no emanó de la nada, sino de su etapa como el más solícito y paciente de los funcionarios trujillistas. Supo aguardar, hizo del “saber esperar” una ciencia exacta, una gimnasia de la paciencia que sus imitadores de hoy, urgidos por una cuota de poder o un nombramiento, son incapaces de practicar.
Recordar a Balaguer a los 120 años de su nacimiento debería ir más allá de la enumeración de las obras civiles que transformaron la fisonomía del país, mientras la oposición le reclamaba la inversión en “cemento y varilla” y que solo recuerdan los mayores es apenas una arista.
Hace falta un programa de altura: conferencias que analicen su bibliografía, concursos de ensayo, paneles sobre su visión de Estado (tan debatible como innegable). En fin, algo más que el incienso de una parroquia. El Doctor merece una recordación justa, no por devoción, sino por rigor histórico. Porque mientras sus seguidores continúen ignorando el verbo “esperar”, seguirán siendo solo sombras de un gigante que hoy solo parece reivindicarse en la fugacidad de una red social




