Opinión

Balaguer: su nombre, pero sin rostro


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El espacio público es también memoria. Más que cemento, asfalto, árboles o mobiliario urbano, es el escenario donde una sociedad decide qué recuerda, cómo lo recuerda y, a veces, qué prefiere dejar prudentemente a medias.

Hace apenas unos días, la Alcaldía del Distrito Nacional develó en el Parque Mirador Sur una tarja que hace visible el nombre del expresidente Joaquín Balaguer. El acto fue presentado como cumplimiento de una resolución del Concejo de Regidores aprobada en 2019. Hasta ahí, parecería uno más de los habituales ejercicios dominicanos de bautizar espacios públicos con nombres de figuras históricas.

Aunque algunos seguidores del antiguo caudillo dijeron sentirse satisfechos con esa escueta tarja, conviene recordar que el parque ya había sido bautizado oficialmente veintitrés años antes. La Ley 123-03 dispuso en 2003 que pasara a llamarse “Parque Mirador Sur Presidente Joaquín Balaguer”. Y el Congreso fue mucho más lejos: ordenó construir arcos conmemorativos en sus entradas y colocar un busto con la efigie del antiguo mandatario acompañado de la inscripción: “Doctor Joaquín Balaguer, Padre de la Democracia”.

Ese prolongado incumplimiento evidencia una curiosa forma de memoria pública: Balaguer tiene nombre, pero sigue sin tener rostro. Algo similar ocurre con el tramo de la autopista que lleva su nombre, pero no su imagen.

En contraste, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez, dos figuras con las que compartió buena parte del escenario político nacional, han recibido una representación pública mucho más afirmativa. Una ley promulgada en octubre de 2025 asignó a la Circunvalación de Santo Domingo el nombre de Profesor Juan Bosch y a la avenida Ecológica el de Doctor José Francisco Peña Gómez. En marzo pasado, el Gobierno no se limitó a señalizar esta última: develó también un monumento a Peña Gómez.

En el caso de este parque es distinto: no era un espacio ajeno a su biografía. Durante años, Balaguer hizo del Mirador Sur uno de sus lugares habituales de caminata; aquel paisaje terminó formando parte de la escenografía cotidiana del viejo caudillo.

Con Balaguer persiste la incomodidad. Su figura reúne dimensiones históricas difíciles de reconciliar dentro de una narrativa simple. Es imposible explicar la transformación material de la República Dominicana de la segunda mitad del siglo XX prescindiendo de su obra de gobierno, pero tampoco puede comprenderse ese período ocultando el autoritarismo y la violencia política de los Doce Años.

Por eso quizás el asunto del busto sea todavía más complejo de lo que aparenta. Cumplir literalmente la Ley 123-03 no supondría únicamente colocar su rostro en bronce. Implicaría reproducir también una definición histórica particularmente problemática: “Padre de la Democracia”.

En la política de la memoria las omisiones también producen significado. Que una ley permanezca sin ejecutarse durante veintitrés años y una resolución municipal tarde siete en materializarse retrata algo más que nuestra relación con un expresidente: revela la precariedad con que administramos la memoria pública.

Nombrar avenidas, parques y grandes infraestructuras no debería depender de impulsos partidarios, acuerdos coyunturales ni de la “medalaganaria” institucional. Una sociedad necesita criterios para decidir a quién honra, por qué lo honra y, sobre todo, qué significa ese homenaje.

Nombrar sin rostro es también el síntoma de una sociedad que aún no sabe qué hacer con la complejidad de su propia historia.

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