¿Cada día creemos menos en los partidos políticos? Un vínculo que se desgata

Analizando noticia con IA…espere un momento
RESUMEN
Francisco Tavárez
Recientemente se publicó una encuesta que indicaba que seis de cada diez dominicanos no se identificaban con ningún partido político en el país. De acuerdo con los datos de esta misma firma encuestadora, AC Media, para mayo, junio y agosto, el 54.5 %, 55.6 % y el 60.6 %, respectivamente, no sentía ninguna simpatía por los partidos políticos. Una de las lecturas que, desde mi óptica, podemos sacar es que los partidos políticos se encuentran en pleno desgaste de sus estructuras y, para recuperar la confianza y esa simpatía del ciudadano, necesariamente tienen que reinventarse.
Pero me atrevería a decir que no solo en los partidos políticos la ciudadanía ha dejado de creer como opción de participación, sino que también observamos, en esa misma línea, una apatía sobre la democracia representativa, y esto es grave. Entre los factores que alimentan esta desconfianza están el desgaste de los líderes, la corrupción y una falta de coherencia que, a juicio de los ciudadanos, se refleja en que no cumplen con lo que han prometido una vez que llegan al poder.
Otro factor es la pérdida de ideología partidaria como elemento de identidad y como parte de la historia que representa a este tipo de organizaciones, algo que en la mayoría de los casos ha sido abandonado, convirtiéndose en una maquinaria donde el dinero es el principal protagonista y no los intereses de sus integrantes. Por eso, el financiamiento de estos partidos, en contraste con lo que ofrecen a los ciudadanos, las serias debilidades de sus democracias internas, entre otros factores, también podrían explicar esta falta de confianza.
Es indudable que el rol histórico de los partidos políticos ha sido trascendental. Ante esto, no podemos ni queremos negar los aportes esenciales que han realizado a nuestras sociedades. Estas organizaciones, a través del tiempo, fueron capaces de estructurarse en función de programas de gobierno, debates internos y una ideología clara, donde los ciudadanos, dependiendo de su criterio, se afiliaban, vinculando sus intereses con los de estas organizaciones más allá del voto en unas elecciones.
La creación y discusión de políticas públicas fue, durante mucho tiempo, uno de los principales propósitos de los partidos políticos. Sin embargo, con el paso de los años, lamentablemente, esta función parece haber perdido relevancia dentro de estas organizaciones.
La formación de líderes es otro de los aportes que históricamente ha sido uno de los roles de los partidos, no solo para dirigir estas organizaciones, sino también para desempeñar cualquier cargo público desde la capacidad, responsabilidad y ética.
No obstante, como señalan los autores Elliot Bulmer y Sujit Choudhry: “Los partidos en democracias frágiles o poco consolidadas suelen estar «mal institucionalizados, con una membresía limitada, escasa capacidad política y bases de apoyo cambiantes; a menudo se basan en estrechos lazos personales, regionales o étnicos, en lugar de reflejar a la sociedad en su conjunto; suelen tener una organización débil, cobrando vida solo en época de elecciones; pueden carecer de una ideología coherente; [y] a menudo no defienden ninguna agenda política en particular»”. Esto también pone el foco sobre la calidad de nuestra democracia. ¿Mientras más frágiles son los partidos políticos, más frágil se vuelve la democracia dominicana?
Más allá de las estadísticas, la realidad es que la creencia en los partidos políticos ya no es la misma y ha ido decreciendo a un ritmo preocupante. ¿Cuáles peligros subyacen en esta afirmación? ¿Podríamos pensar una democracia sin partidos? ¿La llamada política independiente tendrá la capacidad de desplazar a los partidos políticos? O ¿permanecerán y solo veremos una notable pérdida de su influencia?
Muchas de estas preguntas no tienen aún respuestas contundentes, pero sí es urgente plantearlas y generar el debate, la discusión que permita identificar qué debe cambiar dentro de estas mismas organizaciones para adaptarse a estos tiempos sin perder su historia, su esencia. La demanda de la ciudadanía evidentemente ha cambiado y, en esa misma medida, los partidos deben hacerse autocríticas que los lleven a ser una mejor opción, dejando de apelar a fórmulas repetidas que han contribuido a su desgaste.
Los partidos políticos no pueden seguir resistiéndose a asumir que la sociedad no es la misma: ha cambiado la forma en que recibe la información, cómo la busca, las amenazas que representan las fake news, cómo desea expresarse e incluso cómo quiere estar representada. Escuchar más puede ser, en mi opinión, una de las herramientas más sensatas a las que pueden recurrir en estos momentos.
Ya no es suficiente con llenar guaguas para los famosos mítines ni con reproducir prácticas de clientelismo según el bando político interno. Recuperar la confianza también implica transparentar y hacer más eficientes los mecanismos mediante los cuales se seleccionan sus dirigentes, así como devolver importancia y protagonismo a sus bases, sin importar el rincón del país donde se encuentren. Se trata de conectar con las nuevas generaciones de votantes, no solo para pedirles su voto, sino para mostrar un interés genuino por sus preocupaciones, sus propuestas y la manera en que entienden el futuro.
No creo que los partidos deban desaparecer. Otro peligro que no debemos subestimar es que el descontento y la pérdida de confianza en los partidos políticos terminen convirtiéndose en apatía y en vacíos políticos. Cuando estos espacios quedan abiertos, pueden ser ocupados por liderazgos y discursos que no necesariamente fortalecen la democracia ni contribuyen al desarrollo de nuestros países.





