Opinión

El gobierno de las excusas permanentes.


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Por: Giovanni Matos.

Desde su llegada al poder, el oficialismo ha construido una narrativa política basada más en la justificación que en los resultados. Cada crisis internacional, cada conflicto geopolítico y cada problema externo parece convertirse en el argumento perfecto para explicar las debilidades de gestión, las improvisaciones y la falta de soluciones estructurales que vive el país.

Primero fue la pandemia del COVID-19. Sin duda, se trató de una emergencia mundial que golpeó a todas las economías. Pero mientras otros países lograron convertir la crisis en una oportunidad para fortalecer sus instituciones, diversificar su producción y mejorar su capacidad de respuesta, en República Dominicana el COVID terminó siendo utilizado como una explicación permanente para justificar prácticamente todo: inflación, desempleo, endeudamiento, deterioro de servicios públicos y falta de planificación.

Luego llegó la guerra entre Rusia y Ucrania. Otra vez el discurso oficial encontró un nuevo refugio. El aumento de los combustibles, los alimentos y los costos logísticos pasaron a ser presentados como problemas exclusivamente importados, como si el país no tuviera responsabilidad interna en la fragilidad de su modelo económico. Sin embargo, la dependencia excesiva de importaciones, la ausencia de políticas agrícolas sostenibles y la falta de previsión energética no nacieron con esa guerra; son debilidades históricas que ningún gobierno serio debería ignorar.

Ahora el nuevo argumento parece ser la tensión entre Irán y Occidente, utilizada nuevamente para preparar el terreno ante futuras alzas de precios y posibles dificultades económicas. La pregunta inevitable es: ¿hasta cuándo el país seguirá gobernado bajo el esquema de las excusas internacionales?

Porque gobernar no consiste únicamente en administrar tiempos favorables. Gobernar implica precisamente tener capacidad para anticipar escenarios adversos, diseñar políticas preventivas y ofrecer respuestas concretas a la población. Un gobierno que vive reaccionando y justificándose termina convirtiéndose en rehén de las circunstancias.

Pero quizá el discurso más desgastado sea el de culpar constantemente a las administraciones pasadas. Después de varios años en el poder, resulta políticamente insostenible seguir gobernando desde la narrativa de la herencia recibida. Los ciudadanos votaron por un cambio precisamente porque esperaban soluciones diferentes, no una cadena interminable de explicaciones sobre los errores de otros.

La población comienza a percibir una peligrosa desconexión entre el discurso oficial y la realidad cotidiana. Mientras desde el poder se insiste en hablar de crecimiento macroeconómico, estabilidad y confianza internacional, miles de dominicanos enfrentan diariamente salarios insuficientes, aumento del costo de vida, deterioro de servicios esenciales y una creciente sensación de incertidumbre.

El problema no es reconocer que existen crisis globales. El problema es convertir cada crisis en una coartada política para ocultar improvisaciones internas, falta de planificación y ausencia de visión estratégica.

Los gobiernos pasan, pero las excusas no construyen hospitales, no mejoran escuelas, no resuelven apagones, no reducen el costo de la comida ni devuelven la confianza de la gente.

Y cuando un gobierno necesita demasiadas explicaciones para justificar su gestión, probablemente el verdadero problema no esté afuera, sino dentro de su propia incapacidad para gobernar.

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