El juicio contra Jesús de Nazaret

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RESUMEN
Por: Rafael A. Escotto
El hecho de proponernos escribir sobre el juicio de Jesús de Nazaret y su desenlace, no solo es una osadía de nuestra parte como escritor. Este intento es un estudio breve de carácter jurídico que consideramos interesante por tratarse del personaje central, quien tuvo y tiene un formidable liderazgo espiritual y material dominante en el mundo cristiano.
Jesús mantiene una influencia incomparable sobre el mundo, tanto como figura espiritual y como líder que enarboló una democracia política y social sobrehumana, cuya ideología todavía pretende transformar el comportamiento humano, de tal manera que sea capaz de conocerse a sí mismo y de tener conciencia de sus debilidades y tentaciones personales.
En tiempo de Jesús, el pueblo de Nazaret vivía una circunstancia, tanto moral como social, que iba desde el pecado de la carne, que separaba a los seres humanos de la ley de Dios, con efecto negativo para la vida de las personas, hasta una vulneración de los principios morales establecidos, cuya consecuencia más grave del pecado era la muerte espiritual que impide la eucaristía.
Esos estados sociales y subjetivos en tiempo de los emperadores Augusto y Tiberio preocuparon grandemente a Jesús, hasta el grado que se vio obligado a formar un movimiento de fuerzas inteligentes orientado a liberar a su pueblo de vivir una vida de concupiscencia vinculada a la moral y a evitar el anhelo exagerado de satisfacer deseos terrenales, alejados de lo espiritual o de la tendencia al pecado.
Al parecer, la actitud ideológica y militante de Jesús de confrontar el régimen político romano que dominaba a Galilea, produjo una persecución tenaz contra sus ideas las cuales proponían modificar la conducta de un pueblo contra la sumisión y la alabanza de un poder gobernante que contradecía los fundamentos de la ley de Dios. El comportamiento de Jesús y de sus seguidores generó un acoso o persecución implacable contra él y sus seguidores.
Tenemos que aceptar, que Jesús de Nazaret nunca fue ajeno al mundo de las relaciones sociales, políticas y económicas de su pueblo. De Jesús se ha querido decir que fue una persona apolítica o, mejor docho, despolitizada, la de un maestro religioso cuya predicación y estilo de vida resultaban inofensivas para los poderes públicos de su tiempo. Eso no es ni remotamente cierto.
A juicio de no pocos estudiosos de la vida de Jesús, su muerte no se debió, como se ha pretendido insinuar, al enfrentamiento con los poderes políticos, religiosos y económicos, ni mucho menos de su apoyo a favor de las personas más vulnerables o pobres de su época, fue, más bien, un asunto espiritual de auto-entrega y de purificación para reconciliar a la humanidad pecadora con Dios.
Como abogado estadounidense alejado de las religiones y apegado al derecho, debo decir que, desde el punto de vista del derecho procesal, en el caso que se le siguió a Jesús ocurrieron una serie de ingredientes violatorios del debido proceso que culminó con la ejecución de una pena de muerte o crucifixión del imputado. Por otro lado, si nos vamos al aspecto teológico, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, consumó “la redención de los pecados del mundo”, hecho que, las religiones Brahmánicas estiman como un plan decidido por Dios.
Vamos a analizar el caso tomando como parámetro lo que aparece en la Biblia, lo que sucedió cuando Jesús se encontraba visitando a Simón, así podríamos conocer la veracidad de lo que aparece en el párrafo inmediatamente anterior, veamos: «Estando Jesús en Betania, en casa de Simón llamado el Leproso, se acercó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume muy caro, y lo derramó sobre la cabeza de Jesús mientras él estaba sentado a la mesa.»
Y, seguidamente, qué dicen los discípulos de Jesús alarmados por lo que había hecho aquella mujer: ¿Para qué este desperdicio? —dijeron—. Podía haberse vendido este perfume por mucho dinero para darlo a los pobres.»
Que dice Jesús a este respeto y, es aquí lo que deseamos resaltar sobre la llamada auto-entrega planteada por las religiones brahmánicas: « ¿Por qué molestáis a esta mujer? Ella ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no me vais a tener siempre. Al derramar ella este perfume sobre mi cuerpo, lo hizo a fin de prepararme para la sepultura.»
Para aclarar este hecho, pasamos a explicar que, según los relatos bíblicos testamentarios, Jesús fue un misionero nacido en la provincia de Judea, que desarrolló su existencia bajo el amparo de una familia judía en un período en el que Israel se hallaba dominado por el imperio romano, bajo el mando de Tiberio Julio César.
En aquella época, las autoridades religiosas judías tenían lo que se llamó el sanedrín, un consejo de sabios constituido por setenta y un miembros de rabinos que hacían la función de juez, según sus propias leyes, que administraban justicia, pero esas leyes solo les otorgaban el derecho de castigar la blasfemia mediante lapidación, decapitación y degüello.
Según aparece en Mateo 26:57-59, fue el sanedrín quien arrestó a Jesús, debido a que a estos les molestaba la predicación del Jesucristo. Ese arresto y su posterior crucifixión violaban las leyes del propio sanedrín, puesto a que cuando Jesús fue apresado nadie había imputado cargos en su contra. Para poder acusar a Jesús fue necesario traer testigos falsos a la audiencia. Aun así no hallaron pruebas irrefutables que pudieran provocar la muerte del imputado (véase Mateo 26-59 en la Biblia).
De este hecho se deduce, que hubo una gran conspiración promovida y orquestada por el propio sanedrín contra Jesús; dicha conspiración aparece descrita en Mateo 26, veamos lo que arrojó la investigación: «Se reunieron entonces los jefes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio de Caifás, el sumo sacerdote, y con artimañas buscaban cómo arrestar a Jesús para matarlo.»
Fijémonos bien lo que aparece en el evangelio del apóstol Mateo y mis lectores podrían deducir que la conjura contra Jesucristo provino del propio estado romano, partiendo de que los jueces del sanedrín hicieron esta advertencia, a manera de evitar que el pueblo se sublevara contra la sentencia, observemos este detalle: «Pero no durante la fiesta —decían—, no sea que se amotine el pueblo.
Queremos hacer una acotación sobre el título del libro publicado por el afamado escritor y respetado político y profesor Juan Bosch: Judas Iscariote, el calumniado, y lo que dice el apóstol Mateo sobre la entrega o traición de Jesús por parte de Judas, veamos:
—«Uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes. El discípulo condujo a los esbirros enviados por el Sumo Sacerdote al Jardín de Getsemaní, donde se encontraba Jesús, y lo identificó por medio de un beso y saludándolo como Rabí, o «maestro».
Según lo relatado por el apóstol Mateo en su evangelio, Judas les propuso a los jueces del sanedrín lo siguiente: « ¿Cuánto me dais si yo os entrego a Jesús?» Y, según el apóstol Mateo: «Decidieron pagarle treinta monedas de plata. Y desde entonces Judas buscaba una oportunidad para entregarlo.» Nos preguntamos: ¿esa proposición que le hace Judas Iscariote a los magistrados, hace o no, a Judas parte de la conspiración contra Jesucristo? Entonces, ¿Fue Judas calumniado por el apóstol Mateo en su evangelio? Rotundamente no.
Como es, entonces, que en la fiesta de los panes durante la celebración de la Pascua, Jesús, mientras estaba sentado en la mesa en la casa de los discípulos, declara: «Mi tiempo está cerca.» y, seguidamente advierte: «Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar. El que mete la mano conmigo en el plato es el que me va a traicionar —respondió Jesús—.
Y, según consta en el libro de Mateo, mencionado en este trabajo, Judas pregunta:
―« ¿Acaso seré yo, Rabí?» Y, Jesús le responde: «Tú lo has dicho.» Entonces, nos preguntamos: ¿cómo se podría exculpar a Judas Iscariote de la entrega y posterior muerte de Jesús, cuando el testimonio lo hace el mismo imputado en presencia de los demás apóstoles?
Es posible que el profesor Bosch confundiera el nombre de Judas Iscariote, siendo este un nombre muy común, con el de Judas el militar y líder de la revuelta de los Macabeos en el siglo II a. C. El judas que traicionó a Jesús era hijo de Simón Iscariote, según consta en el evangelio de Juan 6:71. Recordemos que Matatías, hijo de Juan y nieto de Simeón, de la casta sacerdotal de Joarib, provenía, según la Biblia, de una familia sacerdotal rural y como todos los sacerdotes, había servido en el Templo en Jerusalén,
Una referencia de Matatías, nos dice que fue él quien mató con sus propias manos al judío que se había ofrecido matar a los dioses griegos en tiempo del rey Antíoco IV, en el siglo 167 a. C. Según se comenta, el manual de guerra de guerrilla moderno surge precisamente con Matatías, quien lo puso en práctica en la derrota a las tropas del imperio de los seléucidas, que dominaron del 312 al 64 a. C. en el más extenso de los imperios helenísticos.
Concluyo este trabajo, sin pretender desconocer totalmente la versión dada por el eminente escritor vegano Juan Bosch, en su libro aludido aquí, sino sustentarme en el señalamiento incontrovertible que hace el propio Jesús sobre quién pudo haber sido el culpable del acto de deslealtad contra Él.
Insistimos, en este final, en lo revelado por Jesucristo, a manera de crear consciencia o, en último caso, para poner a mis lectores a pensar sobre la realidad de la dualidad Judas Iscariote y Judas Macabeos, que define el verdadero culpable de los dos personajes de la abominable traición contra Jesús, veamos: «El que mete la mano conmigo en el plato es el que me va a traicionar —respondió Jesús—, quedando establecido el culpable cuando Judas Iscariote pregunta: ¿Acaso seré yo, Rabí?» Y, Jesús le responde, de manera precisa y poderosa: «Tú lo has dicho.»
El problema que tuvo que confrontar Jesús, el ungido, el Mesías, el que redime, descendiente de David, un hombre con el espíritu de Dios, frente al sumo sacerdote, radicó, fundamentalmente, en su enorme liderazgo y en su propósito vital, que tuvo que ver con la paz y restaurar el reino de Dios en la Tierra. Eso le costó su muerte y crucifixión, tal como les ha sucedido a muchos líderes políticos y sociales terrenales. Según los apóstoles Pablo y Pedro, Jesucristo murió, no solo por la complejidad de sus ideas, también para llevarle a Dios a los justos. FIN




