El triunfo de Avelardo de la Espriella en Colombia y el fin de la marea Rosa.

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RESUMEN
Francisco Tavárez
La victoria de Abelardo de la Espriella en la primera vuelta presidencial colombiana no debe analizarse únicamente como un fenómeno nacional. Es parte de una tendencia más amplia que parece marcar el agotamiento de la segunda ola de la llamada «Marea Rosa», es decir, el ciclo de gobiernos de izquierda que dominó gran parte de América Latina entre 2018 y 2024.
La primera «Marea Rosa» surgió a inicios de los años 2000 con líderes como Hugo Chávez, Luiz Inácio Lula da Silva, Néstor Kirchner y Evo Morales.
La segunda ola apareció después de 2018 con triunfos de fuerzas progresistas en varios países, impulsadas por lo que he denominado el desgaste del Consenso de Washington en América Latina, un proyecto que lejos de lograr lo que se propuso provocó aumento de la desigualdad un escenario ideal para los discursos de izquierda.
Sin embargo, en los últimos años se observa un cambio de humor político regional. Diversos procesos electorales han favorecido opciones de centroderecha o derecha, configurando un nuevo ciclo político.
Ahora bien ¿por qué la izquierda está perdiendo terreno? Las razones son multidimensionales y no es tan fácil enumerarlas todas, pero intentaré resumirla en algunas de las que entiendo más relevantes.
En primer lugar, ubico el tema de la seguridad. En países como Colombia, Ecuador, Chile, Perú y México, la preocupación por la criminalidad desplazó a otros temas como la desigualdad o la justicia social.
Muchos votantes perciben que los gobiernos progresistas han sido más eficaces para diagnosticar las causas sociales de la violencia que para controlar la delincuencia cotidiana.
Cuando la población siente miedo, suele inclinarse por propuestas de «mano dura», independientemente de su orientación ideológica.
En segundo lugar, se observa un estancamiento económico. La izquierda latinoamericana alcanzó sus mayores éxitos cuando gobernó durante el auge de las materias primas entre 2003 y 2013 conocida como la década dorada de América Latina gracias al auge comercial de China en la región y el surgimiento de un fenómeno político llamado Hugo Chávez.
Hoy la situación es distinta, hay menor crecimiento económico, altos niveles de deuda pública, inflación en varios países, menor capacidad fiscal para financiar programas sociales, entre muchas otras.
Cuando los gobiernos no pueden mejorar significativamente el nivel de vida, pierden su principal fuente de legitimidad.
Por último, pienso que hay una fatiga ideológica, muchos ciudadanos ya no votan por proyectos ideológicos, la política identitaria y los debates culturales movilizan sectores específicos, pero rara vez compensan problemas económicos o de seguridad.
La izquierda latinoamericana continúa dependiendo en gran medida de figuras históricas, mientras tanto, han surgido nuevos liderazgos antisistema que se presentan como ajenos a la política tradicional, tanto de izquierda como de derecha y ese fenómeno explica parte del ascenso de figuras como Javier Milei y ahora de De la Espriella.
De la Espriella no es simplemente un candidato conservador. Su discurso combina varios elementos que dominan la escena política mundial como nacionalismo, mano dura contra la delincuencia, crítica frontal a las élites políticas tradicionales, conservadurismo cultural, imagen de outsider político. Su ascenso recuerda más a fenómenos contemporáneos de derecha populista que a la derecha tradicional colombiana.
De hecho, algunos análisis señalan que su irrupción incluso desplazó al liderazgo histórico del uribismo dentro de la derecha colombiana. Más que el triunfo de un hombre, el ascenso de Abelardo de la Espriella parece reflejar un fenómeno regional: el paso de una política centrada en la redistribución y la inclusión social hacia otra dominada por las demandas de seguridad, control del crimen, estabilidad económica y eficiencia gubernamental.
Eso no significa necesariamente el fin definitivo de la izquierda latinoamericana. América Latina históricamente se mueve por ciclos. Pero sí sugiere que la narrativa que impulsó la Marea Rosa ya no moviliza con la misma fuerza a una ciudadanía que hoy parece más preocupada por resultados concretos





