Opinión

Farmear aura… en política


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En las redes se habla estos días de “farmear aura”: acumular imaginarios puntos de carisma, presencia, seguridad o admiración mediante acciones capaces de proyectar una personalidad interesante ante los demás.

La expresión viene de los videojuegos, pero difícilmente podríamos encontrar una descripción más contemporánea de parte de la actividad política.

Todo político necesita aura.

Durante buena parte de nuestra historia esa aura podía obtenerse por proximidad e imitación. Si determinado comportamiento había llevado a uno hasta el poder, parecía razonable repetirlo: si funcionó el traje, usemos el traje; si funcionó la chacabana, pongámonos la chacabana; si funcionó aquella manera de hablar, aprendamos sus inflexiones; si funcionaron unos zapatos, compremos los mismos.

El problema es que ya no elegimos como antes. Tenemos demasiadas opciones. Pongo el ejemplo de las cervezas: hace décadas una nueva marca intentó abrirse paso frente al dominio casi absoluto de una corporación invitando a “romper el molde”. No quebró el predominio de la tradición, pero anticipó algo: hoy es casi inevitable dudar cuál elegir ante la variedad.

Cuando las opciones se multiplican, diferenciarse adquiere valor. También en política.

Por eso resulta interesante Jaime David Fernández Mirabal. Exvicepresidente, senador, ministro y dirigente de uno de los partidos que durante veinte años dominó la política, podría haberse refugiado en la solemnidad de semejante hoja de vida. Ha hecho lo contrario: baila, canta, recrea juegos infantiles, se desliza en una yagua, hace rap y se ríe de sí mismo, convirtiéndose periódicamente en personaje viral.

A algunos les parecerá extravagante. Pero nada de eso le impide sentarse ante un panel de periodistas, vestido de traje si la ocasión lo requiere, y exhibir el acervo intelectual, la formación política y la experiencia de quien durante cuatro años despachó como vicepresidente desde el Palacio.

Hace unos años hubiese parecido impensable. Probablemente ahí se encuentre una de las claves del nuevo liderazgo.
No se trata de farmear el aura de Jaime David. Se trata de entender que ser auténtico le permite bailar en ropa deportiva hoy y hablar de Estado mañana sin dejar de ser la misma persona. La mímesis, en cambio, obliga a representar un personaje.

Las redes identifican cada vez con mayor facilidad al político construido por asesores, al que aprendió dónde poner las manos, qué foto publicar, cuándo quitarse la corbata y qué palabras usar para parecer cercano. Y cuando se descubre demasiado el esfuerzo por parecer espontáneo ocurre lo contrario: se pierde aura.

Los liderazgos que vienen tendrán que entenderlo. Ser acartonados, predecibles y disciplinados imitadores de algún líder exitoso, esperando que el hada madrina de algún asesor —por lo regular también acartonado— le haga el milagro, constituye una ingenuidad que no pueden permitirse en esta voracidad caribeña.

Hoy gana la narrativa. Pero la auténtica. La propia. La política sigue siendo forma. La diferencia es que antes parecía suficiente vestirse como el poder.

Ahora hay que conseguir algo más difícil: parecer irrepetible. El aura, como dirían las redes, ya no se hereda ni se imita.
Hay que farmearla.

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