Franklin Domínguez y su espectacular dramaturgia

Analizando noticia con IA…espere un momento
RESUMEN
Por: Rafael A. Escotto
Ayer desperté temprano y decidí salir a caminar. En el trayecto, un conocido se me acercó desde su vehículo y, con voz compungida, me dijo:
—Doctor, acaba de morir Franklin Domínguez.
Instintivamente detuve mis pasos, como quien de pronto pierde las fuerzas. Permanecí absorto en mis pensamientos y recordé una ocasión en que coincidí con Franklin en la estación de la calle 96 del tren expreso número dos, en Manhattan, Nueva York. Yo me dirigía a la universidad, donde estudiaba derecho. El tren se aproximaba a la estación. Nos saludamos con el afecto de siempre, aunque brevemente.
Retomé mi caminata, esta vez con pasos lentos, la mirada perdida en la distancia, buscando algún alivio tras la noticia de la muerte de aquel dramaturgo y escritor santiagués de cualidades literarias excepcionales.
Un grupo de palomas se encontraba allí, congregadas en medio de mi camino. Picoteaban granos de arroz, moviendo sus cabezas con nerviosismo, como si dudaran en alzar vuelo. Por un instante pensé que temían elevarse hacia el cielo.
Gabriela Mistral habló de las palomas de las plazas que vuelan sin cesar; Octavio Paz, en cambio, pensó que la paloma habita otros vientos. Me detuve para contemplarlas. En su elegancia huidiza percibí el símbolo de la paloma blanca lanzada al aire con el deseo de alcanzar la paz. No sé por qué, pero siempre las he sentido como generadoras de esperanza. Quizás porque vuelan libres llevando consigo mensajes de amor e ilusión.
Entre ellas, una paloma de plumaje blanco me llamó la atención. Intuí que podría ser la misma que inspiró a Franklin Domínguez para escribir su afamada obra sobre el vuelo fantástico de esta ave perfecta y única. En mi imaginación, era la paloma amada por las doncellas de Israel en los cánticos del rey Salomón.
En el Cantar de los Cantares, dos amantes se buscan y se desean en la intimidad de un amor ardiente. Imaginé a Franklin sumergido en ese libro bíblico, devorando con pasión la fuerza creativa del sabio hebreo, hijo de David y Betsabé. Al entrar en los versos de Salomón, parecía encenderse en él un fuego dramático imposible de contener.
Allí, en ese poema cargado de deseo, resonaba la súplica de Ishtar —diosa de la luna en la mitología mesopotámica— rendida ante Tammuz, rey de los rebaños, por quien lloraban las mujeres según el profeta Ezequiel:
«¡Ah, sí me besaras con los besos de tu boca!
Mejor es tu amor que el vino,
y la fragancia de tus perfumes es placentera.
Tu nombre es bálsamo aromático;
con razón te aman las doncellas.
¡Arrástrame en pos de ti, date prisa!
¡Llévame, oh rey, a tu alcoba!»
El genio literario de Franklin Domínguez supo beber de la Biblia esa sublime ficción amorosa, donde Ishtar y Tammuz se buscan con un amor casi demencial, se pierden y se reencuentran tras pruebas infinitas. Ella, con lágrimas en los ojos, confiesa:
«Soy morena y hermosa,
hija de Jerusalén;
morena como las tiendas de Cedar,
hermosa como las cortinas de Salomón.»
Y Tammuz responde:
«No reparen en mi tez morena,
ni en que el sol bronceó mi piel.
Mis hermanos se enfadaron contra mí
y me obligaron a cuidar las viñas;
¡y mi propia viña descuidé!»
Ella insiste, desesperada:
«Cuéntame, amor de mi vida,
¿dónde apacientas tus rebaños?,
¿dónde los haces reposar al mediodía?
¿Por qué he de andar como mujer con velo
entre los rebaños de tus amigos?»
Y él, enardecido, le responde con ternura:
«Te comparo, amada mía, con una yegua
entre los caballos del carro del faraón.
¡Qué hermosas tus mejillas entre los pendientes!
¡Qué hermoso tu cuello entre los collares!
Haremos para ti pendientes de oro
con incrustaciones de plata.»
Franklin Domínguez —galardonado con la Orden Hispánica de Carlos V (2008), premiado como mejor actor en el Festival Internacional de Cine de Honolulu por el cortometraje El Fallo, distinguido con el Premio Ley de Plata a la Excelencia en Cinematografía y reconocido con el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Tecnológica de Santiago por su limpia trayectoria y su entrega al arte teatral— parecía destinado a crear una gran obra dramática sobre el amor de Ishtar y Tammuz.
Hoy nos quedamos con la nostalgia de no haber visto esa creación, arrebatada por su partida. Pero nos queda el orgullo de su legado inmenso en piezas como Mi tía la jamona, La broma del senador, Lisístrata odia la política, Qué buena amiga es mi suegra y Hostos, el hombre que anhelaba una patria, entre muchas otras.
Paz a sus restos.





