Opinión

La arrogancia mediática: un camino directo hacia el descrédito


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José Tejada Gómez, periodista.

El problema se agrava cuando la búsqueda de notoriedad desplaza a la responsabilidad.

La influencia que hoy ejercen las plataformas digitales en el país ha permitido que muchas voces encuentren un espacio para expresarse. Sin embargo, esa misma facilidad para comunicar también ha dado paso a una preocupante distorsión del ejercicio de la opinión pública: la arrogancia mediática. Quien cree que tener un micrófono o una cuenta con miles de seguidores le concede autoridad absoluta para emitir juicios sobre la vida de los demás termina, casi siempre, atrapado en la ridiculez de su propio ego.

No solo por el caso de los epítetos lanzados contra la embajadora de Estados Unidos, Leah Francis Campos , sino por otros desmanes mediáticos contra personas, muchas de ellas indefensas. Y es que se ha vuelto frecuente observar a ciertos influencers y creadores de contenido asumir como verdad aquello que apenas es una sospecha, un rumor o una interpretación personal. Hablan con una seguridad desmedida, convencidos de que pueden afirmar lo que otros supuestamente piensan o sienten, sin reparar en la falta de evidencias. Esa actitud no solo es imprudente; revela una peligrosa confusión entre libertad de expresión y licencia para difamar.

El problema se agrava cuando la búsqueda de notoriedad desplaza a la responsabilidad. Vociferar cuanto se ocurra sobre otra persona, lanzar acusaciones sin fundamento o convertir la descalificación en espectáculo puede generar miles de reproducciones y hasta monetizar, pero difícilmente construye credibilidad. La audiencia puede premiar el escándalo por un momento, aunque tarde o temprano distingue entre quien informa y quien simplemente explota el morbo.

La comunicación responsable exige límites. No se trata de censurar opiniones ni de restringir el debate público, sino de reconocer que la libertad de expresión convive con otros derechos igualmente protegidos. Corresponde muchas veces a quien ejerce esa libertad, preservarla, evitando los excesos. La dignidad humana, el honor, la intimidad y la presunción de inocencia no desaparecen porque alguien decida encender una cámara o iniciar una transmisión en vivo. Las normas legales y los principios constitucionales existen precisamente para evitar que el poder de la palabra se convierta en un instrumento de abuso.

Preocupa que algunos confundan la irreverencia con el coraje y la ofensa con la sinceridad. Ser frontal no implica renunciar a la decencia. Criticar no significa humillar. Informar no autoriza a condenar sin pruebas. Cuando el ego se convierte en el principal motor del discurso, la prudencia desaparece y la credibilidad comienza a erosionarse.

La verdadera influencia no se mide por la cantidad de seguidores ni por el volumen de las controversias que se generan. Se mide por la confianza que inspira la palabra y por el respeto que demuestra hacia los derechos de los demás. En tiempos donde cualquiera puede hablar, el verdadero desafío sigue siendo comunicar con responsabilidad. Lección aprendida.

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