Salud

La conciencia ética del médico auditor en el sistema de salud dominicano


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Por el doctor Miguel Santos T., médico auditor.

En realidad, la auditoría médica es una de las responsabilidades morales más importantes del sistema sanitario, aunque a menudo se la considera una función técnica y administrativa. En la República Dominicana, donde la calidad de la asistencia se organiza en función de la pertinencia, la eficacia, la continuidad, la oportunidad y la seguridad, el auditor médico se encuentra en una posición de tensión entre las normas y la vida misma, entre el procedimiento y los individuos.

Con el objetivo de transformar la auditoría médica en un acto de conciencia, de cuidado indirecto y de servicio al bien común, este artículo sugiere una reflexión filosófica, ética y humana sobre dicho rol, basada en el Decálogo del Auditor Médico Ético. Se sugiere una prosa que rememore que auditar es también una forma de querer la medicina, lejos del lenguaje frío del control.

Cuando la medicina se autoexamina, así como todas las profesiones maduras, en algún momento, tienen que enfrentarse a sí mismas. La auditoría médica debe simbolizar el momento de reflexión del sistema sanitario, donde la medicina examina si hay concordancia entre lo que dice y lo que hace. No es un ejercicio placentero. Supone examinar las decisiones, identificar las omisiones y, a veces, incomodar a los compañeros de trabajo o a los especialistas que fungen como médicos tratantes. No obstante, si no se realiza este ejercicio de autoconciencia, la medicina puede llegar a convertirse en una simple técnica carente de alma y perder todo el sentido que esta conlleva en sí misma.

En el entorno dominicano, existe una contradicción con respecto a la figura del médico auditor: se le asigna la protección del paciente, pero se le vincula con el recorte y la glosa; se espera que asegure calidad, pero se lo considera un impedimento. Este artículo parte de una creencia diferente: el auditor médico no es el oponente de la clínica, sino su conciencia crítica. No es el custodio del presupuesto, sino el guardián callado de la ética de la actividad médica.
Por lo tanto, pensar sobre la auditoría médica es pensar sobre la medicina misma.

Cuando se habla de la calidad en salud, según la Política Nacional de Calidad en Salud, generalmente se hace referencia a estándares, matrices e indicadores. Sin embargo, antes de ser una categoría técnica, la calidad es un valor moral. La seguridad, la oportunidad, la continuidad, la efectividad y la pertinencia no son solo características operativas; también representan valores humanos substanciales.

La pertinencia se refiere a la consideración de actuar solo cuando es preciso, eludir lo superfluo que perjudica y la negligencia que descuida. La efectividad refleja la sinceridad intelectual al realizar lo que verdaderamente beneficia, no lo que apacigua las conciencias o satisface las rutinas. La continuidad representa la responsabilidad no el desintegrar al paciente, no dejarlo atrás en los huecos del sistema. La oportunidad es justicia en el tiempo, al entender que una resolución tardía puede ser una forma discreta de hacer daño. La seguridad, en última instancia, es la humildad de reconocer que se puede cometer un error y esforzarse activamente para prevenirlo.

Cuando la pereza, la urgencia o la presión económica ponen en peligro estos valores, el auditor médico es el profesional encargado de protegerlas.
El primer principio del Decálogo del Auditor Médico Ético establece de manera clara que el paciente es el objetivo final. Esta declaración, que parece sencilla, representa una postura ética radical en los sistemas donde el lenguaje financiero tiende a prevalecer sobre el del cuidado.

Auditar la pertinencia no es rechazar servicios, sino salvaguardar al paciente de la intervención que no es necesaria y del abandono que se presenta como eficiencia. El médico auditor, al analizar una recomendación, no solo debería cuestionar si está justificada de acuerdo con las normas, sino también si responde con honestidad a lo que es mejor para esa persona en particular, teniendo en cuenta su historia, su contexto y su vulnerabilidad.

En este caso, la auditoría se transforma en un acto de defensa callada del paciente, sobre todo de él que usualmente carece de voz y voto para cuestionar decisiones técnicas que afectarán su vida.
No es una muestra de superioridad intelectual someter las decisiones a la medicina basada en evidencia, sino de humildad. Es una manera de respetar a la comunidad médica y al paciente reconocer que el conocimiento es provisional, además de dinámico y que las decisiones más acertadas se fundan en la información más fiable disponible en ese momento.

La evidencia es un refugio y una brújula para el auditor médico. Refugio ante el capricho, la presión o el conflicto personal que suele ocurrir con nuestros colegas; como brújula que dirige sus observaciones hacia un terreno común, lógico y defendible ante cualquier circunstancia. Realizar la auditoría con evidencia es rehusar a transformar la auditoría en una acción de poder y convertirla en un diálogo basado en fundamentos.
La eficiencia, así entendida, deja de ser una métrica fría y se transforma en una obligación moral, no es suficiente con hacer, es necesario hacerlo bien.

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