Opinión

La felicidad en la era de las apariencias


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José Alfredo Espinal

Santiago. –  La ilusión del bienestar perfecto suele desplomarse para devolvernos abruptamente a la realidad; al fin y al cabo, no todo lo que brilla es oro. Impulsadas por el ego y la apariencia, muchas personas propagan vidas de mentira solo para proyectar una estabilidad que no poseen.

Por descuidar la esencia y centrarse en la forma, miles de familias y parejas terminan por destruirse. Olvidan que los cimientos indispensables son el amor, el respeto, la confianza y la madurez necesaria para proteger lo importante.

Cada tropiezo en estos proyectos de vida deja al descubierto la fragilidad humana: la paradoja de convivir con alguien y, al mismo tiempo, cometer el error de buscar la felicidad desde el egoísmo individual.

Hoy, como siempre, la presencia de Dios debe ser la máxima prioridad en el seno familiar. Mantener a Dios como el centro del hogar nos libra de caer en la superficialidad, la cual en nada contribuye a fortalecer la convivencia. Solo cuando una familia se cimenta en la fe logra edificar relaciones auténticas, capaces de inspirar con el ejemplo a quienes la rodean.

Esta reflexión nace de la experiencia de haber superado turbulencias y vientos en contra que, en su momento, amenazaron con derribar el proyecto de vida que habíamos construido. Sabemos que en el futuro vendrán otras tempestades, quizás aún más fuertes. Aunque no deseamos que regresen, si volviera a ocurrir, confío plenamente en seguir bajo la protección de Dios, el único responsable de que hayamos salido victoriosos de cada prueba.

Que el tropiezo de hoy no marque el final de tus días. Cuando nos ponemos de pie con renovada firmeza y un profundo agradecimiento al Altísimo por cada nueva oportunidad, convertimos la caída en la semilla de un presente más fuerte y un futuro abundante en frutos.

El autor es periodista, abogado y miembro de la Iglesia de Dios de Pekín, Santiago, R.D.

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