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Muere a los 89 años José Mujica, el hombre que combatió como guerrillero y se convirtió en presidente de Uruguay.


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«El Uruguay es un país gobernado por locos». La definición pertenece a Rosita Forbes, una escritora inglesa de viajes y exploradora que conoció ese país durante las primeras décadas del siglo XX. Le había llamado la atención positivamente que los niños en las escuelas podían saber quiénes eran Bernard Shaw o Lenin «pero desconocen en absoluto el nombre de los apóstoles«. Uno de esos niños fue José Mujica, exguerrillero, expresidente de Uruguay y ex muchas cosas que todas parecen remitir a un modo de estar en el mundo y ser parte de «ese paisito que en el mapa no se ve», como decían los que iban cantando en una conocida canción de los años 80.

El «Pepe» acaba de fallecer y la noticia toca las fibras no solo de los uruguayos que reconocían su trayectoria. El desenlace había sido anticipado por el actual presidente, Yamandú Orsi. «Está mal y hay que dejarlo tranquilo«, dijo en medio de las elecciones municipales. Mujica murió con la tranquilidad de que había hecho demasiado. El cansancio le pesaba en un cuerpo que tuvo que soportar la tortura, el encierro y el cáncer de esófago.

Pepe fue parte del operativo más resonante de aquella guerrilla: la toma de la ciudad de Pando, a pocos kilómetros de Montevideo, el 8 de octubre de 1969. Fue apresado cuatro veces. Fue uno de los reclusos que participó de la cinematográfica fuga del penal capitalino de Punta Carretas, en 1971. Un año más tarde fue capturado. En 1973, los militares pasaron a controlar la situación hasta convertirse en una dictadura tradicional y Mujica fue parte de los 11 rehenes de la conducción del MLN que estuvieron encerrados 13 años en condiciones infrahumanas, en el pozo de un aljibe. «Estuve siete años sin poder leer«.

De vuelta a la vida civil

Al salir del Penal Libertad le tocó a Mujica hablar en nombre de ese grupo de supervivientes frente a una multitud que los estaba esperando. Sus palabras explicaron buena parte de la conducta política posterior de aquellos exinsurgentes que habían sido derrotados. «La gente quiere pensar, participar. Y es bueno que eso sea así», dijo, pero reconoció que los tupamaros «no tenían idea» de lo que realmente sucedía. «No podemos tenerla, porque nuestros cerebros están ignorantes; muchos años sin nada, absolutamente nada». Ante una generación que los admiraba reconoció: «Los tupamaros fuimos presa de la urgencia».

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