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Por qué la comida barata es cada vez más cara (y no hay hamburguesas por menos de 15 €)


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Estaba fría. Teníamos tantas ganas, el sitio era tan chulo y, al final, al tercer mordisco nos dimos cuenta de que estaban frías. Las dos. Había abierto apenas un mes antes de aquella tarde lluviosa en que nos acercamos a probarlo. Pasabas por delante todos los días. O casi todos. Te pillaba de camino al gimnasio y nunca has sido muy constante en eso de moverte aeróbica. Cada vez que te encontrabas frente aquel local se te iban los ojos en su letrero grande, su tipografía Impact, la promesa de un bocado jugoso, crujiente, distinto. Siempre estaba lleno.

Al cabo de tres semanas fuimos a cenar. El interior parecía una mezcla entre una nave industrial y un box de CrossFit, aunque leíste por ahí que había sido un antiguo guardamuebles. Estaba decorado con letreros de neón naranjas y azulados que dibujaban palabras en inglés como ‘Strong’ o ‘Identity’. La cocina abierta, a lo americano, te permitía ver desde la barra cómo preparaban la especialidad de la casa: sus hamburguesas. No servían en mesa, debías acercarte a la barra de nuevo cuando estuviera listo para que te dieran tu botín acomodado en cestas rojas de plástico trenzado.

En una de las paredes de ladrillo desnudo habían desplegado una pantalla blanca en la que proyectaban imágenes en bucle de unos chavales haciendo skate. De fondo, pop-rock de moda en los 90. Parecía el escenario perfecto para grabar un pódcast motivacional de esos que se viralizan de vez en cuando en internet. Nos cobraron 17 euros por cada hamburguesa con personalidad y un ‘side’ de patatas fritas que estaban un poco secas aunque te empeñases en ahogarlas en ketchup. No conseguimos entrar en calor.

Dos años después, ese restaurante se ha convertido en una de las hamburgueserías insignia del norte peninsular. Tus amigos y tú habéis vuelto a ir. Si os preguntasen, diríais que no os encanta —y es verdad—, pero siempre hay alguien que quiere volver.

«En España asociamos prestigio y precio»

En La McDonalización de la sociedad (1995), el sociólogo estadounidense George Ritzer analizaba los motivos del éxito del modelo McDonalds, describiendo cómo los principios de la comida rápida y basura (eficiencia, cálculo, previsión y control) se han extendido a diversas áreas de la vida social, impactando el trabajo, la educación, el consumo y la cultura en general, donde todo tiende a volverse homogéneo y eficiente en detrimento de la calidad y la experiencia humana.

La cadena norteamericana fue una gran pionera en lo alimenticio con su producto estrella: la hamburguesa. Un plato que, aunque su origen se remonta al popular ‘filete de Hamburgo’ que los inmigrantes alemanes exportaron a Estados Unidos, comenzó a ganar popularidad en Occidente a finales del siglo XIX y principios del XX, pero su expansión masiva no ocurrió hasta mediados del siglo XX con el crecimiento de empresas como McDonald’s y Burger King, que la llevaron a casi todos los rincones del planeta.

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