Por qué los expertos recomiendan no lavar los huevos antes de consumirlos

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RESUMEN
Los huevos son uno de los alimentos más completos a nivel nutricional. Especialmente equipados para albergar, proteger y ayudar a crecer a un embrión hasta que esté listo para eclosionar, contienen todo lo que necesitará para formarse, lo que los convierte en un producto especialmente útil desde el punto de vista de una alimentación saludable, ya que nos permiten incorporar a nuestras comidas todos los aminoácidos esenciales que requiere nuestro cuerpo, así como proteínas, vitaminas, colina y biotina. Su versatilidad en la cocina es otro punto a favor, pero la manipulación de este tipo de productos debe ser la adecuada para prevenir problemas asociados a su consumo. Algunos de los errores más frecuentes en el hogar, como lavar los huevos antes de guardarlos en la nevera, pueden aumentar el riesgo de que se produzca una contaminación alimentaria.
El mito del lavado
Lavar los huevos con agua del grifo nada más comprarlos es una práctica extendida y que, a primera vista, parecería tener cierta lógica. Después de todo, otros productos como las frutas o las verduras se lavan antes de su consumo y esto contribuye a eliminar restos contaminantes. Pero en el caso del huevo, las autoridades sanitarias remarcan que hacerlo es un error. De hecho, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (Aesan) advierte que lavar los huevos antes de almacenarlos puede favorecer la contaminación, dado que puede ocasionar la transferencia de salmonela desde el exterior de la cáscara hacia el interior.
A pesar de su rigidez y de su alta capacidad para proteger al embrión, la cáscara del huevo es porosa y está recubierta por una fina película protectora llamada cutícula. Esta capa actúa como barrera frente a los microorganismos. Desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) explican que «la cutícula impermeabiliza la cáscara e impide que los gérmenes pasen al interior». Pero, cuando lavamos los huevos con agua, sobre todo si la utilizamos fría o a presión, esta capa puede dañarse o incluso desaparecer, haciendo que, paradójicamente, el alimento quede más expuesto a bacterias.





