Benigno Filomeno de Rojas: el civilismo revisitado

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RESUMEN
Especial para elCaribe
El estrépito de los sables y el personalismo mesiánico han sido, históricamente, las sombras más densas sobre el altar de nuestra patria. Sin embargo, al cumplirse 215 años del nacimiento de Benigno Filomeno de Rojas y Ramos, la memoria nacional nos convoca a mirar más allá de la carga de caballería. Nos invita a reconocer al hombre que, con la misma firmeza con la que otros empuñaban el fusil, empuñó la pluma y el rigor técnico para intentar edificar, sobre las cenizas de la guerra, una nación de leyes.
En una República Dominicana que aún lucha por fortalecer sus instituciones y desterrar las sombras del populismo en todas sus variantes y manifestaciones, su figura emerge hoy con una vigencia asombrosa invitando a revisitar el civilismo.
Nacido en Santiago de los Caballeros el 13 de febrero de 1811, Rojas conoció temprano la errancia cuando su familia emigró debido a la ocupación haitiana. Sus años de formación transcurrieron en Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Inglaterra y EE. UU. Su paso por la Marina Real Británica complementó una visión cosmopolita que le permitía entender el mundo no como un feudo de caudillos, sino como un sistema de orden y progreso. Regresó al interior de una isla por entonces demasiado lejana, para convertirse, desde el Cibao, en nuestro primer tecnócrata: un hombre que comprendió que la soberanía no se agota en la expulsión del invasor, sino que se consolida en la salud de las finanzas públicas.
Fue el arquitecto de la viabilidad de una nación que se gritaba como idea vaga y apenas cobraba fuerzas como arenga militar. A menudo olvidamos que Rojas es el “Padre de la Economía Dominicana”. Mientras la joven república se desangraba en emisiones monetarias inorgánicas para financiar ambiciones personales, él propugnaba desde la Cámara del Tribunado por el equilibrio presupuestario. Su rechazo a la táctica de Buenaventura Báez de inundar el mercado con papel moneda sin respaldo no era solo oposición política; era una cátedra de ética financiera. Para Rojas, la institucionalidad comenzaba en el bolsillo del ciudadano y en la transparencia del Estado.
El punto más alto de su legado civilista es, sin duda, la Constitución de Moca de 1858. Como presidente de aquella asamblea, fue coautor del texto más liberal de nuestra historia jurídica; en un siglo XIX dominado por la voluntad omnímoda del “caudillo”, Rojas diseñó un sistema donde el poder estaba fragmentado, vigilado y, sobre todo, sometido al imperio de la ley.
Si bien ostentó el rango de General de División en la Restauración, su mayor triunfo fue intelectual: junto a Mella, diseñó la doctrina de guerra de guerrillas que desgastó al ejército español. Rojas sabía que para vencer a un imperio se necesitaba astucia, pero para construir una república se necesitaba civismo.
Su legado nos interpela. La metáfora trágica de su muerte en las celdas de la Fortaleza Ozama – de causa incierta, aunque la sospecha del envenenamiento persiste- es razón para evaluar si aún hoy corre la misma suerte quien intenta que la luz de la razón prevalezca sobre la oscuridad de la ambición desmedida. A 215 años de su natalicio, su vida nos recuerda que la verdadera libertad es hija del orden, y que el único general que debe mandar siempre en democracia es, precisamente, la ley.



