Dr. Manel Esteller, experto en longevidad: «Nuestro cuerpo está diseñado para funcionar mejor cuando se le exige, aunque sea mínimamente»

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RESUMEN
Dr. Manel Esteller
Hoy en día el movimiento suele ser opcional: disponemos de coches privados o de medios de transporte públicos que nos llevan a cualquier lugar y el único esfuerzo que se requiere es llegar al vehículo; si lo deseamos, nos traen la compra a casa; y cualquier electrodoméstico se puede manipular actualmente con un mando a distancia. Es realmente fácil acostumbrarse a tanta comodidad, pero eso no es saludable.
Nuestro cuerpo está diseñado para funcionar mejor cuando se le exige, aunque sea mínimamente. Cualquier pequeño –y diferente– esfuerzo que le pidamos lo va a agradecer porque es como un despertar de las células, acostumbradas a las mismas rutinas un día tras otro. He apuntado la palabra «diferente» porque cuando llevamos un tiempo haciendo cualquier actividad, el cerebro la integra, la hace suya, y pone en marcha los mecanismos para realizarla de la manera menos costosa posible.
Entonces, es cuando deja de ser algo novedoso… y ya no cuesta, ya no es un reto ni un desafío. Así que nos convendría elaborar una lista de actividades nuevas con las que podamos cumplir, sin que represente una odisea para nuestra organización diaria, pero que evite un adormecimiento de células, articulaciones, aparato digestivo, cerebro…
Pequeños desafíos, grandes beneficios
Ese discreto «molestar» al cuerpo se conoce con el término hormesis u hormética. La palabra proviene del griego y significa «estimular, poner en movimiento o excitar».
En antropología se habla mucho de este fenómeno porque, con él, se explica la necesidad adaptativa de todos los seres vivos –también el ser humano– a su entorno. Es fácil sospechar que cientos de años atrás, a nuestros antepasados solo les quedaba la opción de adaptarse a ese entorno (seguramente más cambiante e imprevisible que el actual) para sobrevivir.

Pequeños desafíos cotidianos, como subir escaleras, caminar por una cuesta o aumentar ligeramente la intensidad del ejercicio, ayudan a activar los mecanismos de adaptación del organismo.
Cada célula de nuestro cuerpo parece haber retenido esa capacidad de adaptación y hoy en día –en que queremos resultados inmediatos sin dedicar ni mucho tiempo ni mucho esfuerzo– se agradece especialmente que la pongamos en práctica.
Veamos en qué ámbitos de la vida diaria podemos estimular a nuestro organismo de una forma lo suficientemente fuerte como para «invitarlo» a adaptarse, pero no tanto como para que lo dañe. Y cómo logra eso que se mantenga joven.
EN ALIMENTACIÓN: QUE EL ESTÓMAGO REPOSE
Lo que hagamos «distinto» a la hora de alimentarnos (y también en el resto de aspectos que tratemos aquí) tiene que ver en realidad con nuestra resistencia al estrés.
Dejar de comer a partir de determinadas horas supone una de esas incomodidades de las que hablamos. Es un estrés controlado porque no se trata de comer menos de lo que nuestro cuerpo necesita, sino de hacerlo (de manera suficiente y variada) durante las horas de mayor actividad.





