Haití: hacia un desenlace poco promisorio

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RESUMEN
Aquiles Olivo Morel
Muy pocos países no tienen conflictos internos; en algunos casos territoriales; en otros raciales; también los hay de tipos migratorios, por el desbalance económico; y, por supuesto, existen conflictos de tipo político, estrictamente relacionado con la forma del modelo económico y las asimetrías producidas por este al momento de la distribución y participación.
También, los conflictos en ocasiones se relacionan con la manera en que se establecen los acuerdos entre las elites; hay evidencia de como históricamente en América Latina el entendimiento, a través de los pactos no les resulta fácil a quienes en el transcurso de los años gobiernan y son hegemónicos.
Las raíces de todas estas discrepancias parten de un momento en común: Los procesos de independencias encontraron a estos grupos dominantes en situaciones de incertidumbres; los intereses, como fue el caso de Haití, una colonia francesa anclada en el caribe y cuyo mestizaje no vislumbró desde el inicio de su vida independiente un camino expedito.
A mucha distancia de aquel momento nadie desea hacerse cargo y desempeñar el rol de árbitro para solucionar el actual conflicto interno. Miles de vidas perdidas desde que se inició este nuevo episodio. Las potencias conocen a cabalidad la dificultad de conducir a este “Estado Fallido” hacia la vida civilizada con un modelo de convivencia pacífica.
La suerte que puedan correr los haitianos -dicen algunos- esta en sus propias manos. Allí no hay una idea concreta esgrimida por las reminiscencias del pensamiento libertario. Los aspectos conocidos a diarios dan cuenta como el deterioro institucional se acelera. El respeto a la vida y los derechos humanos se deslizan por una pendiente dejando una estela de resabios.
Aunque se barajan posibles salidas con la Comunidad Internacional no hay a la vista aún la decisión de acudir a frenar la ola de violencia, secuestro, asesinatos y la escalada de desorden continuo, ahora acelerado por la ausencia de la figura del primer ministro, convertido en un objetivo por parte de las bandas.
Se trata de un conflicto de escasas perspectivas solutorias. Quienes se encuentran persiguiendo la toma del poder carecen de los criterios políticos; ya cruzaron de alguna manera esa línea divisoria con la cual los pueblos apuestan a la confianza. Y peor aún, armonizar ese singular contexto no está al alcance de las fuerzas locales de ese país.
Y al recurrir a una ayuda externa, también las soluciones van a demorar por el nivel de recursos necesarios; por la dedicación requerida y obviamente, por los requerimientos políticos contemplados en el modelo democrático, al cual deberán recurrir en última instancia los propiciadores de una salida.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) recorre el mundo completo arbitrando conflictos de todos los tipos; dispone de suficiente experiencia acumulada para saber que la situación haitiana escapa a los modelos conocidos hasta el momento; sembrar la simiente institucional va a exigir de ese país un compromiso de una dimensión que al parecer no disponen.
Y, algo ominoso, lo constituye los financiamientos para emprender esta empresa; al mirar las ayudas internacionales, la denominada solidaridad pocos se ofrecen a abrir sus chequeras para apoyar una causa de esta naturaleza. En Haití la historia esta repleta de como su destino fue labrado con un cúmulo de desaciertos, a los que no escapan su incapacidad para proyectar, al menos un mínimo de deseo para remontar esta situación.
En fin, hoy se encuentra sumido en prácticamente una guerra civil entre grupos denominadas “bandas de criminales”, con las cuales se disputan los territorios. Asesinan y secuestran. Destruyen los escasos vestigios institucionales; y las organizaciones políticas lucen marginadas y sin propuestas. ¡Haití hoy se hunde en la incertidumbre! Hay que sentarse a esperar para contemplar el desenlace muy poco promisorio de un pueblo cuya independencia constituyó un faro de luz en 1804.





