Opinión

Mario Cáceres, un dominicano de excepción


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Dr José Rafael Vargas
El día especial de la Santa Madre de La Altagracia, adquirirá un recuerdo imperecedero en el alma de los mocanos, por la partida de un dominicano de excepción, Don Mario Cáceres Rodríguez, quien hoy llega a las moradas celestiales, tras una obra de amor y de servicio por su comunidad.
Lo conocí profundamente, y hoy debo reafirmar que fue de los pocos dominicanos que tenía convicciones muy claras sobre el destino dominicano. En los días finales de diciembre pasado, pasé revista con Mario sobre los retos que tiene el país y volvió a reafirmarme su convicción de que necesitábamos instituciones sólidas, buena educación, frenar la corrupción al precio que sea y abrir oportunidades para los pobres y para nuestros jóvenes.
Cuando ocupó la administración del Banco Agrícola, en 1981, se ocupó de abrir un capítulo de becas para jóvenes que quisieran estudiar agronomía en la Escuela Agrícola Salesiana, en el Istituto Superior de Agricultura – -Isa- y en la UASD.
Más tarde se crearon espacios de apoyo para jóvenes mocanos que estudiaban en la UASD y que no tenían recursos para comer y para sus libros.
Fueron muchos los proyectos que abrazó Mario en favor de su comunidad.
Era la época en que se dedicaba en cuerpo y alma a diligenciar obras vitales para la comunidad, desde la Asociación para el Desarrollo de la Provincia Espaillat, la Asociación de Caficultores de Villa Trina o desde las instituciones de Santiago.
Fue parte importante de lo que hoy es el aeropuerto internacional del cibao.
Cuando ocupaba puestos públicos en Santo Domingo, Don Mario nunca se quedaba en la capital, porque decía que Moca le daba aliento.
En el fondo, lo real es que Mario era entregado a su familia, la cual cuidaba con especial esmero.
Desde que ocupó la gobernación de Espaillat, su esfuerzo se concentró en el desarrollo regional y local, y fue parte de las principales instituciones de Santiago y de Moca, bajo la premisa de que quien no ama su patria chica, no amará su patria grande.
Hasta la hora de su último aliento de vida, Don Mario tuvo muy preocupado por su provincia.
Una muerte que nos sorprendió a todos, porque se nos marcha en el momento en que el país más necesita de sus valores permanentes.
Mario fue el padre amoroso, el esposo abnegado, el hermano, el amigo, el compañero de faenas y afanes colectivos.
Su último gran esfuerzo fue el de establecer y desarrollar el museo en honor a su abuelo Mon Cáceres, que ya es una realidad.
La antorcha que Mario deja, debe ser mantenida por los mocanos de servicio que le admiramos y que valoramos todo cuanto él hizo para legarnos una provincia y un país donde todos podamos vivir en paz.
En su capacidad de servicio, en su entrega a los demás, Mario nunca tuvo descanso.
Y ese es el recuerdo vivo que queda en todos los que recibimos su apoyo, su orientación y su entrega total.
Ese amor a los demás perdurará en su esposa Ida Perdomo, en sus hijos María Isabel, Ana María, Mario Tadeo y Rosa Pierina, en sus amigos y en todos los que siempre valoramos de su esfuerzo.
Siempre admiré en don Mario su integridad personal. La pureza de sus convicciones y la sabiduria de sus juicios, reflexiones que sacaba de su profundo conocimiento de la historia dominicana, con sus vaivenes y desafíos.
Y ahora, vemos extinguirse su existencia fisica en un instante, y contemplamos su rostro, inmóvil y para siempre, como si estuviese dormido en santa paz.
Nos queda recordarle a los mocanos quien era este ser humano extraordinario, de inagotable capacidad de entrega y de compromiso comunitario.
Moca sufrirá su ausencia, y el país no dispondrá de ese tesoro que corresponde a los ciudadanos y dominicanos verdaderos.
Este es el ser humano que hoy entregamos a la madre tierra.
Nos alentará su recuerdo, y en las horas de mayores dificultades en el país, lo tendremos muy presente.
Mario Cáceres, por mucho tiempo, será un modelo, un arquetipo, un amigo de extraordinarias virtudes, del que habremos de hablar por mucho tiempo.
Ahora señores, no estamos ante un acto de despedida a Mario, sino de recordación, de gratitud, porque hoy todos nos sentimos orgullosos de su vida y de su ejemplo.
Fue una gran fortuna tenerlo entre nosotros por un gran tiempo. Dios le acompañará en este viaje definitivo hacia la gloria.
Pero hoy todos tenemos una tristeza profunda, porque jamás pensamos que Mario se iría tan sencillamente, de repente y sin despedirse.
Es el misterio de la muerte, la conjunción del tiempo y del espacio. Hoy recordamos la fecunda existencia de Mario, un ser humano especial, organizado, optimista, dedicado.
Hoy debemos dar gracias por el privilegio de haber sido parte de su núcleo de cariño, y recordar con el Papá Benedicto XVI, que no hay que temer a la muerte del cuerpo, sino a la del alma.
Por eso la biblia recoge un pasaje que en esencia es como la vida misma. Y dice: » Da por gracia lo que por gracia tu has recibido».
Ahora señores, no estamos ante un acto de despedida a Mario, sino de recordación, de gratitud, porque hoy todos nos sentimos orgullosos de su vida y de su ejemplo.
Señores, señores, la mocanidad ha perdido a uno de sus protagonistas principales, y este momento de luto y de tristeza debemos aprovecharlo para seguir buscando nuevos arquetipos. Vamos a necesitar ciudadanos con la traza moral, con la dignidad y templanza de Mario Cáceres Rodriguez, para que su legado nunca muera.
Los amigos queremos recordarlo siempre, en el museo, en la oficina, en su hogar, en la parroquia. Y .ahora, con el poeta Franklin Mieses Burgos hacemos el momento de la despedida: » ya es hora de partir, cantando, decidido, hacia la otra tierra donde lo eterno aguarda; desde la enorme esfera de la muerte sin hora. Tu patria no es de tela. El universo es tuyo, el cielo es tu bandera».

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