Opinión

Para conocer el liderazgo sintético


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Crecí pensando que el liderazgo político tenía un precio innegociable: años de estudio, esfuerzo sostenido, gestas que dejaban marca, una carrera construida ladrillo sobre ladrillo y, en no pocos casos, la vida misma puesta en riesgo. Ese precio filtraba a quien no estaba dispuesto a pagarlo.

Son tiempos que ya se archivan en la nostalgia. Hoy ese filtro tiene un atajo, y se compra. No con armas ni con el fraude electoral de siempre, sino con una arquitectura de percepción que simula, con notable eficacia, la legitimidad que antes se ganaba.

El mecanismo es sencillo y audaz a la vez. Existen centros -Cali y Lima son plazas competitivas, con clientes poderosos- que producen volumen artificial de reacción digital: comentarios, reproducciones, cuentas desechables, suficientes para ganar la primera hora de un ciclo noticioso.

Hay, además, un mercado más fino, que es el de las cuentas cultivadas durante meses con contenido genuino hasta acumular audiencia real, que luego se alquilan o se venden como vehículos de amplificación. Se les conoce como cuentas cliperas. Cuando ambas capas se combinan -la cuenta con historial que redistribuye el mensaje, la red pagada que construye alrededor la ilusión de debate, los perfiles orgánicos que amplifican sin saber que participan de un guion ajeno- nace una rueda que gira sola.

Lo que antes exigía construir autoridad moral, sobrevivir una dictadura, sostener una convicción impopular hasta que la historia diera la razón, hoy se simula en meses, con presupuesto, cuentas y paciencia técnica. No hablo de comunicación política eficaz, legítima y tan vieja como la retórica misma. Me refiero a fabricar la apariencia de un mandato ciudadano donde no hay más que inversión y arquitectura algorítmica.

Por eso veremos, cada vez con más naturalidad, a una figura que parece tener respaldo popular, una causa que simula consenso, una decisión que luce como el clamor de la calle y que siembra pánico hasta en los poderes fácticos. Solo quien audita el andamiaje nota que ahí no hay gesta ni sacrificio ni trayectoria, sino una rueda bien alimentada. La gravedad es ética y sistémica, pues cuando el liderazgo se fabrica, se rompe el pacto de que el poder responde, aunque imperfectamente, a un mérito verificable.

El ciudadano ya no puede distinguir entre quien ganó su lugar y quien lo compró, porque la superficie -seguidores, menciones, ubicuidad del discurso- luce idéntica en ambos casos. Y el liderazgo genuino queda en desventaja frente a construcciones sintéticas que no cargan el peso del tiempo que él sí tuvo que saldar.

Este mercado no vende convicción, sino su actuación a escala. Y no necesita convencer para siempre, solo sostener la ilusión el tiempo justo para capturar una decisión, una elección, un nombramiento. Logrado el objetivo, la rueda puede detenerse; ya cumplió su función. Desmontarla después -con el liderazgo fabricado ya en el cargo, firmando decretos, administrando presupuestos- cuesta infinitamente más que construirla.

Mis planteamientos no presumen de originalidad. Renée DiResta lo documentó en Invisible Rulers (2024): pequeñas comunidades de propagandistas, con algoritmos, seguidores comprados y contenido curado, fragmentan la realidad compartida en versiones a la medida que hacen casi imposible el consenso democrático. Y todo fenómeno del presente carga los genes de sus ancestros. Así, Daniel Boorstin, en The Image (1962), ya hablaba del pseudoevento -lo fabricado para ser noticia, no porque ocurra sino porque se planeó que ocurriera-, abuelo conceptual de este liderazgo sintético.

El fenómeno ya tiene evidencia empírica, documentada como propaganda computacional más que como liderazgo sintético en sentido estricto. Oxford Internet Institute reveló que la campaña de Rodrigo Duterte en Filipinas invirtió 200 mil dólares en «keyboard trolls» que sostuvieron su discurso en 2016 y siguieron activos ya en el poder; en México, los «Peñabots» hicieron lo mismo con Enrique Peña Nieto, con más de un millón de cuentas y 80 millones de pesos mensuales en financiamiento público, diluyendo hashtags críticos y fabricando tendencias. En ambos casos, la arquitectura amplificó un liderazgo que ya tenía base real.

La fabricación de un liderazgo completo desde cero, sin ninguna trayectoria previa, sigue siendo más difícil de probar con ese mismo rigor. Puede que ahí resida el límite actual del fenómeno: la rueda todavía necesita empujar algo que exista, aunque sea mínimamente, antes de poder simular que lo eligió el pueblo.

No propongo censura ni pánico regulatorio. Estos son remedios torpes contra un mercado que se reconfigura más rápido que cualquier ley. Sugiero algo que exige más valentía que una ley: aceptar que la legitimidad, en la era algorítmica, ya no se presume por sus señales visibles. Se audita. El origen de una cuenta, la diversidad real de sus canales, el patrón de su amplificación son hoy tan indispensables para la vida democrática como alguna vez lo fue verificar un acta electoral.

Si esa auditoría no se convierte en sentido común institucional, entregaremos el poder a quien mejor sepa comprar la apariencia de merecerlo. Y el día que lo notemos, ya habrá firmado el decreto.

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